18 July 2010

Artículo. "Moral y cotidianidad en los campos de concentración del nacismo", por José Luis Anta Félez


Artículo 
Moral y cotidianidad en los campos de concentración del nacismo, 
por José Luis Anta Félez



Hay una foto hecha en Dachau –yo la he sacado del libro La deportación (Leroy; y otros, 1996), y el original se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia–, seguramente realizada en 1944, que nos muestra a cuatro presos (por las sombras sabemos que había más), vestidos todos ellos con el traje a rayas reglamentario, los del fondo llevan el distintivo triangular, no distinguimos de qué (concentrados por “razones políticas” o presos comunes o quizás asociales): en ella un hombre pone la mano sobre el hombro de un joven, que está en posición firme, el resto de las manos están metidas en sus consiguientes bolsillos. El traje del joven le queda pequeño y se adivina una figura por la que no ha pasado aún el hambre, el sufrimiento o el trabajo del campo. Mira a su compañero con una expresión de asco, de miedo, de respeto. Todos llevan sus zapatos con la suela de madera y una gorra. La foto, tal cual nos ha llegado, puede ser cualquier cosa, su interés reside en que muestra a presos del campo, por lo demás no sabemos nada, seguro que son presos políticos, porque parecen bien alimentados, descansados, incluso organizados, pero no lo sabemos. Hace frío, por la ropa parece que es otoño, pero no lo sabemos. La mano en el hombro puede ser un gesto de amistad, de educación o de petición de un favor sexual, pero no lo sabemos. No sabemos quién tomó la foto, ni por qué lo hizo. No sabemos nada y, sin embargo, cuando la vemos nos desconcierta. Al fondo hay un granero, pero sabemos que son las oficinas y que están en la gran plaza de revistas, seguramente hace un rato que han pasado lista. Ese granero es la vieja estructura de la granja que fue Dachau antes de convertirse en campo (Sofsky, 1999: 3. Muy útil para el contexto de Dachau son las notas 1 a 3). No sabemos nada, lo poco que adivinamos nos desconcierta, qué podemos hacer. Pero el joven, como todos, lleva gorra y eso sabemos que es una primera diferencia entre la vida y la muerte:
Un preso sin gorra era un preso muerto. Todo el que no llevase su gorra reglamentaria durante el recuento matinal, era inmediatamente asesinado de un tiro por el Kapo o por el oficial de servicio. Los dos solían divertirse con ello. El Kapo le quitaba la gorra a un preso, la arrojaba al otro extremo de la plaza y el oficial de la SS pegaba un tiro a la víctima. Si el preso se quedaba quieto con la cabeza descubierta, lo mataba por no llevar la gorra, y si echaba a correr para recogerla, por “intento de fuga” (Frister, 1999: 344).
Una cosa es cierta: el joven de la foto tomada en Dachau no es Roman Frister, que, aunque estuvo en varios campos, no conoció el de la foto. Pero si no fuera por este detalle bien podría ser. Frister sabía de la importancia de la gorra, pues una vez que le había desaparecido la suya robó la de un compañero despistado, poco después empieza el recuento de las cinco de la mañana:
Comenzó el recuento. Me sitúe en la segunda fila […] En alguna parte detrás de mi había un hombre al que le esperaba la muerte segura […] Yo no tenía ni idea de lo que sentiría y pensaría el hombre sin gorra. No me asaltaron remordimientos de conciencia, y me prohibí pensar en él o en sus sensaciones. Si yo no me ayudaba ¿quién lo iba hacer? (Frister, 1999: 347).
¿Se haría las mismas preguntas el joven de la foto? Casi seguro. Era una pregunta normal en el campo de concentración. Pero no son las preguntas que ahora nos hacemos, o acaso ¿las nuestras engloban a las suyas? De hecho, preguntas tan, aparentemente, sencillas y lineales como ¿qué pasó?, ¿quiénes fueron los verdugos y quiénes los culpables?, ¿qué se pretendía con los campos de concentración? o ¿qué sentido tuvo todo ello? han sido contestadas de cientos de maneras, de cientos de formas y con cientos de métodos. Pero todas las preguntas y sus consiguientes respuestas tienen unos ciertos niveles de análisis que de ninguna manera pueden obviarse, pues, de hecho, generan otras muchas preguntas tras de sí. La vida en los Campos de concentración era terriblemente compleja, pero no sólo por su normativa, el tener o no tener gorra, sino porque tras la tenencia de una gorra se escondía la vida y, también, la muerte. Consiguientemente las preguntas no pueden ser únicas, porque no hay respuestas únicas, porque los individuos, las víctimas y los verdugos eran muchos y diferentes, muy difícilmente reducibles a un único espectro y, como nos recuerda Rosa Torán (2000: 11-12), hemos de acumular elementos de reflexión que nos permitan hacer las diferencias en su momento y en su lugar. Pero aún así las preguntas son tan constantes, como inevitables, y parecen resistirse a la reflexión.

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Encuentra el artículo completo en este enlace (pdf).

Fórmula de citación y fuente: 
Anta, J.L. (2004). Moral y cotidianidad en los campos de concentración del nazismo. Athenea Digital, 6. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num6/anta.pdf