17 April 2011

"Contra el telurismo" por Mario Vargas LLosa


Heinrich Lefler and Joseph Urban, Kling Klang Gloria, 1907


CONTRA EL TELURISMO
 por Mario Vargas LLosa
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Las entrevistas semanales que Abelardo me encargó para el suplemento Dominical de El Comercio fueron muy instructivas sobre la situación de la literatura peruana, aunque, a menudo, decepcionantes. El primer entrevistado fue José María Arguedas. Todavía no había publicado Los ríos profundos, pero ya había en torno al autor de Yawar Fiesta y Diamantes y pedernales (editado no hacía mucho por Mejía Baca) un cierto culto, como un narrador de fino lirismo e íntimo conocedor del mundo indio. Me sorprendió lo tímido y modesto que era, lo mucho que desconocía de la literatura moderna, y sus temores y vacilaciones. Me hizo mostrarle la entrevista una vez redactada, en la que corrigió varias cosas, y luego envió una carta a Abelardo, pidiendo que no se publicara, pues no quería hacer sufrir a nadie con ella (por alusiones al hermanastro que lo había atormentado en su infancia). La carta llegó cuando la entrevista estaba impresa. Arguedas no se molestó por ello y me envió luego una notita cariñosa, agradeciéndome lo bien que hablaba de su persona y de su obra. Creo haber entrevistado, para esa columna, a todos los peruanos vivos que habían publicado alguna vez una novela en el Perú. Desde el anciano Enrique López Albújar, reliquia viviente, que, en su casita de San Miguel, confundía nombres, fechas y títulos y llamaba «muchachos» a quienes ya tenían setenta años, hasta el novísimo Eleodoro Vargas Vicuña, quien solía interrumpir las conferencias dando un grito que era su divisa («¡Viva la vida, carajo!») y que, después de las bellas prosas de Nahutn, misteriosamente se desvaneció, por lo menos del mundo de la literatura. Pasando, por cierto, por el simpático piurano Francisco Vegas Seminario, o Arturo Hernández, el autor de Sangama, y decenas de polígrafos y polígrafas, autores de novelas criollistas, indigenistas, cholistas, costumbristas, negristas, que siempre se me caían de las manos y parecían viejísimas (no antiguas, sino viejísimas) por la manera como estaban escritas y, sobre todo, construidas.

En esa época, por mi deslumbramiento con la obra de Faulkner, yo vivía fascinado por la técnica de la novela, y todas las que caían a mis manos, las leía con un ojo clínico, observando cómo funcionaba el punto de vista, la organización del tiempo, si era coherente la función del narrador o si las incoherencias y torpezas técnicas —la adjetivación, por ejemplo— destruían (impedían) la verosimilitud. A todos los ovelistas y cuentistas que entrevisté los interrogaba sobre la forma narrativa, sobre sus preocupaciones técnicas, y siempre me desmoralizaban sus respuestas, desdeñosas de esos «formalismos». Algunos añadían «formalismos extranjerizantes, europeístas» y otros llegaban al chantaje «telúrico»: «Para mí, lo importante no es la forma, sino la vida misma», «Yo nutro mi literatura de las esencias peruanas». Desde esa época odio la palabra «telúrica», blandida por muchos escritores y críticos de la época como máxima virtud literaria y obligación de todo escritor peruano. Ser telúrico quería decir escribir una literatura con raíces en las entrañas de la tierra, en el paisaje natural y costumbrista y preferentemente andino, y denunciar el gamonalismo y feudalismo de la sierra, la selva o la costa, con truculentas anécdotas de «mistis» (blancos) que estupraban campesinas, autoridades borrachas que robaban y curas fanáticos y corrompidos que predicaban la resignación a los indios. Quienes escribían y promovían esta literatura «telúrica» no se daban cuenta de que ella, en contra de sus intenciones, era lo más conformista y convencional del mundo, la repetición de una serie de tópicos, hecha de manera mecánica, en la que un lenguaje folklórico, relamido y caricatural, y la dejadez con que estaban construidas las historias, desnaturalizaba totalmente el testimonio histórico-crítico con que pretendían justificarse. Ilegibles como textos literarios, eran también unos falaces documentos sociales, en verdad una adulteración pintoresca, banal y complaciente de una compleja realidad. La palabra «telúrica» llegó a ser para mí el emblema del provincialismo y el subdesarrollo en el campo de la literatura, esa versión primaria y superficial de la vocación de escritor de aquel ingenuo que cree que se pueden escribir buenas novelas inventando buenos «temas» y no ha aprendido aún que una novela lograda es una esforzada operación intelectual, el trabajo de un lenguaje y la invención de un orden narrativo, de una organización del tiempo, de unos movimientos, de una información y unos silencios de los que depende enteramente que una ficción sea cierta o falsa, conmovedora o ridícula, seria o estúpida. Yo no sabía si llegaría a ser un día un escritor, pero sí supe desde esos años que nunca sería un escritor telúrico.