01 July 2012

"El vecino escritor" por José Antonio Garriga



EL VECINO ESCRITOR
por José Antonio Garriga
Fecha publicación original 05/02/2011

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Anna Lichtenstern cuenta sus encuentros con Franz Kafka cuando los padres de éste y los suyos tenían la vivienda en el mismo edificio, el número 36 de la Niklasstrasse
Fuente aquí.

Hay un capítulo del libro Cuando Kafka vino hacia mí..., editado por Acantilado, que se titula «Conversaciones con Franz Kafka en el ascensor», donde Anna Lichtenstern cuenta sus encuentros con el escritor, cuando los padres de Kafka y los suyos tenían la vivienda en el mismo edificio, el número 36 de la Niklasstrasse. Dice Anna Lichtenstern, entonces una estudiante de bachillerato, que había un cartel que prohibía el uso de llaves para el ascensor a los menores de catorce años. Ella cumplía con tal prohibición y subía a diario por las escaleras.

-¿Puedo llevarla conmigo, señorita? -le preguntó un día Franz Kafka. Él tenía entonces unos veinte años. Era estudiante, propietario de una llave para el ascensor y, por tanto, una persona respetable. Ella tenía doce.

-Gracias, le beso la mano -le contestó Anna al salir, e hizo una genuflexión.

-No necesita usted decirme «Le beso la mano».

Pero Anna no le comprendió, pues no existía otra fórmula para saludar a las personas respetables.

-¿Y qué lee usted? -le preguntó Kafka en una ocasión.

-A Heimburg, Eschstruth y Karl May.

-Eso seguro que es muy hermoso -le comentó, y la miró con sus ojos oscuros, que tenían aquella mirada tan triste, en realidad nada juvenil.

Cuando cumplió trece años, Anna recibió su propia llave para el ascensor. La mujer del portero daba más importancia a una buena propina que a lo que pusiera en la partida de nacimiento. Desde entonces, apenas coincidieron. Hasta que en el año 1918, poco antes de que terminara la guerra, volvieron a encontrarse en una biblioteca de Praga, Kafka se volvió hacia ella y le dijo:

-¿Ha devuelto usted algo decente, quiero decir, algo digno de leerse y que yo pudiera llevarme?

-Cabezas de Maximilian Harden. Me parece muy digno de leerse.

-Lo que se escribe ahora es asqueroso. ¿Opina usted también lo mismo? ¿Sabe usted lo embustera y falsa que es toda la literatura sobre la guerra?

-Sí, es repugnante.

-Porque los hombres escriben esos libros contra su más intima convicción. Hay en el aire una ley no escrita, pero no por ello menos inflexible, según la cual hay que despachar una emoción falsa.

-Pero uno puede renunciar a esos libros. En mi opinión, en la actualidad es mejor leer tan sólo libros antiguos.

-Algún día se escribirán los verdaderos libros sobre la guerra -dijo Kafka pensativo-. Deje que pase una década. Cuando las cosas hayan reposado, cuando los hombres hayan tomado cierta distancia con respecto a los hechos presentes, entonces la literatura sacará algún provecho de esta guerra.

Juntos bajaron las típicas escaleras torcidas de la viaje ciudad de Praga.

-¿Pasa usted mucha hambre? -preguntó ella.
Entonces se solía preguntar eso.

-No demasiada. Tampoco puede ya durar mucho.

Y Anna Lichtenstern se hizo en ese preciso instante una pregunta secreta: ¿Se refería Franz Kafka a la guerra? ¿O a su vida y a su creación literaria?

Elias Canetti, en la novela 'Auto de fe', mantiene una conversación con cierto muchacho que también vivía en su mismo edificio, como la joven de Kafka:

-¿Qué haces aquí, muchacho?

-Nada

-Entonces, ¿por qué te quedas parado?

-Porque...

-¿Sabes leer?

-Pues sí.

-¿Cuántos año tienes?

-Nueve cumplidos.

-¿Qué preferirías un chocolate o un libro?

-Un libro.

-¿De veras? Estupendo. ¿Así que por eso estás aquí?

-Sí.

-¿Por qué no me lo dijiste antes?

-Mi papá me regaña.

-¿Te gustaría viajar a otro país?

-Sí. A la India. Hay muchos tigres.

-¿Y adónde más?

-A la China. Hay una muralla enorme.

-¿Te gustaría escalarla?

-Es demasiado ancha y alta. Nadie puede escalarla. Por eso la construyeron.

-¡Cuánto sabes! Se ve que has leído mucho.

-Sí. Leo siempre. Papá me quita los libros. Quisiera ir a una escuela china. Tienes que aprender cuarenta mil letras. Todas no caben en un libro.

-Eso es lo que tú crees.

-Las he contado.

-De todas formas no es cierto. Deja esos libros del escaparate. No hay ni uno bueno. En el bolsillo tengo algo mejor. ¿Sabes qué escritura es ésta?

-¡China! ¡China!

-Eres lo que se dice un chico listo. ¿Habías visto ya algún libro chino?

-No, lo adiviné.

-Estos dos caracteres significan Meng-Tse, el filósofo Meng. Fue un gran hombre en la China. Vivió hace 2250 años y sus obras todavía se leen. ¿Te acordarás?

-Sí. Ahora tengo que irme al colegio.

-¡Ajá! ¿Conque miras los escaparates de las librerías cuando vas al colegio? ¿Cómo te llamas?

-Franz Metzguer. Como mi padre.

-¿Y dónde vives?

-En la calle Ehrlich, veinticuatro.

-Yo también vivo ahí. No recuerdo haberte visto.

-Usted siempre desvía la mirada cuando se encuentra con alguien en la escalera...

Cuando era niño, yo también tuve un vecino escritor que era tan tímido que cuando veía entrar a alguien en la portería se demoraba en la calle para no coincidir. Un día se dejó la puerta de su casa abierta y me asomé. Nunca había visto tantos libros. Entonces comprendí que no hablara, que fuera tan tímido. Estaba rodeado de una soledad demasiado ruidosa.