29 April 2013

"La palabra maldita" (1950) por Gabriela Mistral


Gabriela Mistral
El escrito que sigue lo tomo del libro Crónica del sufragio femenino en Chile (Diamela Eltit 1994, 90-93). Como se apunta al final de esta entrada, está escrito en Veracruz, México, en 1950. Se puede descargar el libro de Eltit acá, o consultar una versión aparecida en el sitio de la Universidad de Chile dedicado a Mistral.

La palabra maldita
por GABRIELA MISTRAL


*
Después de la carnicería del año 14, la palabra "paz" saltaba de las bocas con un gozo casi eufórico: se había ido del aire el olor más nauseabundo que se conozca: el de la sangre, sea ella de vacunos, sea de insecto pisoteado o sea llamada "noble sangre del hombre".

La humanidad es una gran amnésica y ya olvidó eso, aunque los muertos cubran hectáreas en el sobrehaz de la desgraciada Europa, la que ha dado casi todo y va en camino, si no de renegar, de comprometer cuanto dio.

No se trabaja y crea sino en la paz; es una verdad de Perogrullo, pero que se desvanece apenas la tierra pardea de uniformes e hiede a químicas infernales.

Cuatro cartas llegaron este mes diciendo casi lo mismo:

La primera: -"Gabriela, me ha hecho mucho daño un sólo artículo, uno sólo, que escribí sobre la paz. Cobré en momentos cara sospechosa de agente de sueldo, de hombre alquilado".

Le contesto:

-Yo me conozco ya, amigo mío, eso de la "echada". Yo también la he sufrido después de veinte años de escribir en un diario, y de haber escrito allí por mantener la "cuerdecilla de la voz" que nos une con la tierra en que nacimos y que es el segundo cordón umbilical que nos ata a la Madre. Lo que hacen es crear mudos y por allí desesperados. Una empresa subterránea de sofocación trabaja día a día. Y no sólo el periodista honrado debe comerse su lengua delatora o consejera; también el que hace libros ha de tirarlos en un rincón como un objeto vergonzoso si es que el libro no es de mera entretención para los que se aburren, si él enfrenta a la carnicería fabulosa del Noreste.

Otra carta más: -"Ahora hay un tema maldito, señora, es el de la paz. Puede escribirse sobre cualquier asunto vergonzoso: defender el agio, los toros, la "fiesta brava" que nos exportó la Madre España, y el mercado electoral doblado por la miseria. Pero no se debe escribir sobre la paz: la palabra es corta pero fulmina o tira de bruces, y hay que apartarse del tema vedado como del corto-circuito eléctrico..."

Y otra carta aún dice: -"No tengo ganas de escribir nada. La paz del mundo era "la niña" de mis ojos. Ahora es la guerra el único suelo que nos consienten abonar. Ella es, además, el "santo y seña" del patriotismo. Pero no se apure usted; lo único que quiere el llamado "pueblo bruto" es que los dejen trabajar en paz la mujer y los hijos. Tienen ojos y ven, los pobres. Sólo que de nada les sirve el ojo claro que les está naciendo y hay que oirlos cuando los radios buscan calentar su sangre para llevarlos hacia el matadero fenomenal".

Y esta última carta: "Desgraciados los que todavía quieren hablar y escribir de eso. Cuídense del mote cualquier día cae encima de ustedes. Es un mote que si no mata estropea la reputación de llenador de cuartillas y a lo menos marca a fuego. A su amigo ya lo miran con ojo bizco, como diría usted.

La palabra "paz" es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de "Mi paz os dejo, mi paz os doy'. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva. Usted puede llorar. Usted es mujer. Yo no lloro: tengo una vergüenza que me quema la cara. Hemos tenido una "Sociedad de las Naciones" y después unas "Naciones Unidas" para acabar en esta quiebra del hombre.

¿Querrán esos, cerrándonos diarios y revistas, que hablemos como sonámbulos en los rincones y en las esquinas? Yo suelo sorprenderme diciendo como un desvariado el dato con seis cifras de los muertos".

(Ninguno de mis cuatro corresponsales es comunista).

Yo tengo poco que agregar a esto. Mandarlo en un "Recado", eso sí. Está muy bien dicho todo lo anterior; se trata de hombres cultos de clase media y estas palabras que no llevan al sesgo de las opiniones acomodaticias o ladinas, estas palabras que arden, son las que comienzan a volar sobre nuestra América. "¡Basta! -decimos- ¡basta de carnicería!.

Lúcidos están muchos en el Uruguay fiel, en el Chile realista, en la Costa Rica donde mucho se lee. El "error' se va volviendo el "horror".

Hay palabras que, sofocadas, hablan más, precisamente por el sofoco y el exilio y la de "Paz" está saltando hasta de las gentes sordas o distraídas. Porque, al fin y al cabo, los cristianos extraviados de todas las ramas, desde la católica hasta la cuáquera, tienen que acordarse de pronto, como los desvariados, de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión.

Hay que seguir voceándola día a día, para que algo del encargo divino flote aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante.

Tengan ustedes coraje, amigos míos. El pacifismo no es la jalea dulzona que algunos creen; el coraje lo pone en nosotros una convicción impetuosa que no puede quedársenos estática. Digámosla cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y cree una "militancia de paz" la cual llene el aire denso y sucio y vaya purificándolo.

Sigan ustedes nombrándola contra viento y marea, aunque se queden unos tres años sin amigos. El repudio es duro, la soledad suele producir algo así como el zumbido de oídos que se siente en bajando a las grutas ... o a las catacumbas. No importa, amigos: ¡hay que seguir!

Veracruz, México. Noviembre de 1950.