29 May 2013

Fragmento de "La estación y el palacio" por Ryszard Kapuscinski, tomado del libro Viajes con Heródoto .

Ryszard Kapuscinski
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Fragmento de "La estación y el palacio"
por Ryszard Kapuscinski,
tomado del libro Viajes con Heródoto

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Recuerdo el otoño de 1942: no tardaría en llegar el invierno y yo no tenía zapatos. Los viejos estaban hechos trizas y mi madre no tenía dinero para comprarme unos nuevos. Los zapatos accesibles a los polacos costaban cuatrocientos zlotys; la parte superior estaba hecha de dril impregnado de una sustancia alquitranada, impermeable, y las suelas, de madera de tilo. ¿De dónde íbamos a sacar los cuatrocientos zlotys? 

Vivíamos por aquel entonces en Varsovia, en la calle Krochmalna, en el piso de los señores Skupiewski, sito junto a una de las puertas del gueto. El señor Skupiewski se dedicaba a una manufactura casera: fabricaba pastillas de jabón, todas del mismo color: verde. 
—Te daré pastillas de jabón a comisión —me dijo—, cuando vendas cuatrocientas tendrás para zapatos, y la deuda me la devolverás después de la guerra.
En aquellos momentos aún se creía que la guerra tenía los días contados. Me aconsejó que desplegase mi negocio en los alrededores de la línea del ferrocarril Varsovia-Otwock, porque en aquellos trenes eléctricos viajaban veraneantes, gente que de vez en cuando deseaba lavarse, con lo que seguro que me comprarían jabón. Le hice caso. Tenía yo entonces diez años y el que nadie me quisiese comprar aquellas dichosas pastillas de jabón me hizo verter la mitad de las lágrimas de todami vida. En todo un día de ir de casa en casa no vendía ninguna o, como mucho, una. En una ocasión logré vender tres y regresé a casa radiante de felicidad.
Después de pulsar el timbre me ponía a rezar fervorosamente: ¡Dios, haz que compren, aunque sólo sea una, pero que me la compren! En realidad, al intentar causar lástima, practicaba una especie de mendicidad. Entraba en la vivienda y decía: 
—Señora, cómpreme una pastilla de jabón. El invierno está al caer y yo no tengo dinero para zapatos.
El método funcionaba unas veces, pero otras veces no, porque por los mismos lugares merodeaban muchos otros niños que intentaban arreglárselas como mejor podían, ya robando, ya pedigüeñeando, ya vendiendo cualquier cosa.
Llegaron los últimos estertores del otoño y el frío me mordía los pies tan dolorosamente que tuve que abandonar el negocio. Había reunido tan sólo trescientos zlotys, pero la generosa mano del señor Skupiewski añadió los cien que me faltaban. Mamá y yo compramos unos zapatos. Si se envolvía el pie en un grueso peal de fieltro y, además, en papel de periódico, se podía caminar con ellos incluso durante las mayores heladas.
Pasados los años, cuando vi que en la India millones de personas iban descalzas, afloró en mí un sentimiento de comunión, de hermandad con aquellas gentes, y a veces incluso me embargaba ese estado de ánimo que se experimenta cuando se retorna al hogar de la infancia.
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 Fragmento de Viajes con Heródoto.  
Kapuscinski, Ryszard. 2010. 
Barcelona: Editorial Anagrama, 2010, pp 45-46.