24 March 2016

Relato. "Cosas como de superficie", por Marcos Arcaya Pizarro


 "Cosas como de superficie" por Marcos Arcaya Pizarro

COSAS COMO DE SUPERFICIE 
 por Marcos Arcaya Pizarro 
fechado el 24/03/2013 

a Marta, mi abuela 


La señorita del sombrero de mimbre silba una canción. La canción es antigua, incluso más que sus recuerdos, más que sus manos y la voz de la madre della que resuena en algún pliegue venoso. La señorita es una anciana que silba en la plaza de un pueblo. Quilimarí se llama el pueblo. “La plaza tiene dificultades para reconocer su perímetro”, piensa. 

Un niño aparece en el encuadre, el encuadre es lo que enmarca la vista de nuestra anciana señora. El niño rodea la plaza, a trote, pateando de manera intermitente un balón ennegrecido y el encuadre sigue al niño. La señora adivina que el balón despide un aroma agradable, como a barro de lluvia reciente o, mejor, como de palta molida para desayunar. 

La señora es ahora un casquete polar, el crujido de un enorme glaciar que pierde un pedazo, y éste, enorme, cae a un mar oscuro que se adivina negro negro, como puede ser un mar que es un abismo repleto de oscuro en el cual a veces soñamos. Lo más hermoso entonces, en esos sueños, es la luz sobre la superficie de las cosas, la luz y el calor del sol sobre el mantel de la mesa en la cocina. Ladridos distantes anuncian el regreso de los hombres y, en otro tiempo de domingo, unos labios articulan una palabra larga y una higuera enorme y una boca dice apenas y no escuchamos nada. La higuera, las avispas, la sombra y el follaje en movimiento y ella trepa y sus hermanos trepan y son todos pura risa porque la fruta y el calor y la alegría y el papá que los quiere espera abajo y repite un chiste que es como una rima... 

“Cambios en el volumen de una cuenca oceánica” murmura ella, y el niño reconcentrado en el balón que a veces se escapa. “Quiero anotar cosas como de superficie” escribe la doña. Se toma un respiro primero y luego silba esa vieja canción que no es antigua sino derechamente vieja como ella (la señorita, señora, luego anciana nuestra). Escribe: “antropogénico, flujo glacial, ajustes del manto terrestre, atmosférica, corrientes oceánicas y los cambios de la temperatura local”. Se detiene. Lleva los ojos en la nuca. 

Cuando niña bien niña tuvo una liebre pequeña, la llamó Astronauta. La liebre creció a prisa y la casa se fue haciendo más pequeña, bien chica, chiquita. La liebre la echó abajo, pero sin maña. La casa se descosió por sus junturas y la liebre puso cara de susto, cara de liebre. No hubo pie para protestas: a petición de su madre se despidió de Astronauta. Se la entregó a su tío, un ingeniero con bigotes chistosos, aficionado a la caza con escopeta. 

La doña dibuja una liebre que puede ser un conejo, un chungungo orejón o una chinchilla tomando la siesta. “Frases hermosas como cuenca oceánica” apunta debajo. 

- Abuela, me aburrí. Vámonos, tengo hambre–. Dice el niño levantando el balón con las manos. 

- No soy tu abuela, soy un mar ennegrecido que sueña una plaza y un día tranquilo y un cuerpo de vieja y recuerdos de vieja, de una vieja que a veces silba, que a veces murmura, que a veces escribe. Soy un crujido descomunal de un tiempo de antes. 

El niño sonríe, la abuela sonríe. La abuela se pone de pie, deja la nota en la banca. Sin mirarse, sin dejar de caminar, niño y abuela se toman de la mano. Comienzan a alejarse de la banca, poco a poco, y se van haciendo diminutos, hasta ser un borrón, una mancha de grafito por entre la luz ocre de la tarde. 

¿Cómo levantar la casa? ¿Cómo surcir sus junturas? ¿Cómo tensar la hebra que va de mi corazón al suyo? 

A veces sueño con ella, con mi abuela Martuca, convertida en casquete polar y en crujido.