08 November 2013

Narrativa: Las tiendas de canela fina. por Bruno Schulz


Bruno Schulz, Marcos Pullally, Cincochile

LAS TIENDAS DE CANELA FINA 
por Bruno Schulz
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck



Agosto

I

En el mes de julio mi padre tenía por costumbre ir a tomar las aguas a un balneario y, entonces, nos dejaba –a mi hermano mayor, a mi madre y a mí–, entregados a las jornadas del verano, esplendentes y embriagadoras. Amodorrados por aquella inagotable luminosidad, hojeábamos el gran libro de las vacaciones, cada una de cuyas páginas refulgía con un destello solar, que conservaba en su fondo, almibarada hasta los latidos del éxtasis, la pulpa de las peras doradas.

En el transcurso de aquellas mañanas luminosas, Adela regresaba –cual Pomona– abrasada por el esplendor del día y, al punto, comenzaba a sacar de un cesto toda aquella belleza coloreada por el sol: las cerezas brillantes, colmadas de agua bajo su piel fina y transparente; las guindas negras y misteriosas, cuyo sabor no entregaba las promesas que parecía ofrecer su aroma; los melocotones, en cuya dorada pulpa aun perduraba ovillado el calor de largos mediodías, y, después de la poesía pura de las frutas, venían enormes trozos de carne, de una corporeidad densa y sabrosa, con el teclado del costillar de la ternera; las legumbres semejantes a plantas acuáticas, medusas muertas o moluscos: toda esa materia cruda de la comida, con su sabor incierto y anodino, los ingredientes vegetales y telúricos que desprendían un olor agreste y asilvestrado.

El primer piso de aquella casa que daba a la plaza vieja era atravesado diariamente de parte a parte por el inabarcable verano: el tembloroso silencio de las capas de aire, los rectángulos de luz soñando su sueño febril sobre el suelo encerado, una melodía de organillo arrancada de la más profunda vena dorada del día, dos o tres compases de un estribillo interpretado en algún lugar por un piano –de manera recurrente y ensimismada– desvaneciéndose al sol sobre las blancas aceras, perdiéndose en el fuego profundo del día. Después de hacer la limpieza, Adela pasaba inmediatamente los estores de lino sumiendo las estancias en una misericorde penumbra. Los colores, entonces, descendían una octava, las habitaciones se llenaban de sombra, como sumergidas repentinamente en la luz de las profundidades marinas que parecía reflejarse en los verdes espejos del agua, y todo el calor tórrido de la jornada respiraba en aquellos estores que se hinchaban ligeramente bajo el ensimismamiento del mediodía.

Los sábados por la tarde mi madre me llevaba de paseo. De la penumbra del corredor se penetraba de golpe en el baño solar del día. Quienes deambulaban por la plaza, chapoteando en aquel oro, entrecerraban los ojos que parecían untados de miel, y con su labio superior alzado mostraban sus dientes y encías. Todos tenían una mueca de inclemente calor en el rostro, como si el sol les hubiese impuesto una máscara de fraternidad solar, y aquellos que se cruzaban por las calles, jóvenes y viejos, mujeres y niños, al pasar se saludaban con aquella mueca báquica, emblema de un culto pagano, pintada sobre sus caras en gruesos trazos de color oropimente. La plaza vieja estaba vacía, amarilla de fuego, barrida por los cálidos vientos como el desierto bíblico.

Sólo algunas acacias espinosas desplegaban allí su claro follaje, arborescencias de verdes filigranas cuidadosamente recortadas, como en los antiguos gobelinos. Aquellos árboles estimulaban al viento, revolviendo con un gesto teatral sus copas, mostrando patéticamente al inclinarse la elegancia de sus abanicos, plateados por el reverso al igual que las nobles pieles de zorro. Las viejas casas, pulidas por los días de viento, adquirían los reflejos de otras épocas: recuerdos de colores diseminados en el fondo del tiempo ocelado. Parecía como si generaciones completas de días estivales, al igual que pacientes estucadores que rascaran el revestimiento enmohecido de las viejas fachadas, hubiesen venido a romper su engañoso esmalte, poniendo al desnudo su auténtica faz: la fisonomía que el destino y la vida les había moldeado por dentro. Cegadas por la luz de la plaza vacía, las ventanas dormitaban ahora apaciblemente y los balcones confesaban al cielo su letárgica vacuidad. Los amplios umbrales abiertos rezumaban frescor y un delicado aroma a vino.

Una gavilla de niños desharrapados, escapando del sol en un rincón de la plaza, asaltaba una pared, poniéndola continuamente a prueba, arrojando chapas y monedas como si el horóscopo de aquellas pequeñas circunferencias metálicas pudiese revelarles la naturaleza real de la misma, el jeroglífico de sus fisuras y grietas. El resto de la plaza estaba vacío. Se esperaba en cualquier momento ver avanzar bajo la sombra de las acacias, frente a la entrada del vinatero repleta de cubas, al asno del buen Samaritano llevado por el bridal y a dos servidores afanándose para bajar al enfermo de la silla recalentada, y llevarlo con gran precaución por la fresca escalera hasta el cuarto oloroso a sabbat.

Así seguíamos, mi madre y yo, a lo largo de los dos lados de la plaza inundada de sol, paseando nuestras sombras dislocadas por las paredes de las casas, como sobre un teclado. Bajo nuestros pies se desplazaban poco a poco las losetas del pavimento, ora de un color rosa pálido, como la piel humana, ora doradas o azules, planas y calientes, suaves como rostros solares, irreconocibles bajo el paso de los que por allí deambulaban, como extrañamente inexistentes.

Finalmente, al llegar a la esquina de la calle Stryjska, entrábamos en la sombra de la farmacia. Una enorme poma llena de zumo de frambuesa, colocada en su escaparate, venía a simbolizar el fresco alivio de los bálsamos reparadores. Algunas casas más allá, la calle ya no lograba mantener su decorum, como un campesino que regresando a su casa se despoja, mientras recorre el camino, de su aparente elegancia ciudadana y se transforma en un desaliñado labriego.

Las pequeñas casas de los suburbios se hundían en una verde arborescencia, enterradas hasta las ventanas debido a la floración exuberante de los jardines. Olvidadas por la plenitud del día, las malas hierbas, los cardos y las flores se reproducían allí copiosamente, felices por aquella pausa que les permitía soñar al margen del tiempo, en el límite del día infinito. Un inmenso girasol, alzado sobre su poderoso tallo y enfermo de elefantiasis, aguardaba en su luto amarillo el fin de sus días, doblado bajo el peso de su monstruoso desarrollo. Y así, las ingenuas campanillas de los arrabales, las simples y humildes flores de percal no podían hacer nada por él, mayestáticas en sus camisas rosas y blancas, insensibles al inmisericorde drama del girasol.

II

Las hierbas, los cardos, las ortigas y bodiak arden crepitando en el fuego del mediodía. La amodorrada siesta del jardín zumba con el estrépito de las moscas. Rastrojos dorados aúllan al sol como una nube de langostas, los grillos se desgañitan en la lluvia rutilante del fuego, las vainas colmadas de granos estallan en silencio expeliendo su fruto como saltamontes.

Junto a la empalizada, la espesísima maleza –semejante a una piel de cordero– se comba, como si el jardín hubiera girado durante su sueño y su poderoso regazo respirase en el silencio de la tierra. Allí se expandía la feminidad desaliñada del mes de agosto, proliferando en enormes lampazos de infinitas hojas velinas, abominables lenguas de verde carnosidad. Allí, exageradamente crecidas y toscas se hinchaban, completamente inclinadas, como repulsivas maritornes, semidevoradas por su abundante ropaje. Allí el jardín daba a precio vil su mercancía no seleccionada: el saúco, las grandes plantas que olían a jabón, el alcohol salvaje de la menta, toda la pacotilla del mes de agosto. Pero al otro lado de la empalizada, detrás de aquel ombligo del verano en el que se desplegaba la exuberancia indómita de las hierbas, aparecía un gran montón de basuras donde sólo crecían los cardos. Nadie sabía que allí el mes de agosto había resuelto celebrar aquel verano su gran orgía pagana. Sobre aquel montón de basuras, apoyado a la empalizada y hundido entre el espeso follaje del saúco, estaba el lecho de la idiota Tłuja. Así se la llamaba. Sobre aquel promontorio de deshechos, entre zapatillas rotas, viejas cacerolas agujereadas y los escombros se alzaba su lecho metálico, pintado de verde, afianzado sobre dos viejos ladrillos allí donde le faltaba una pata.

El aire denso y caldeado parecía vibrar sobre aquel abigarramiento con el zigzagueo de los tábanos, irritados por el sol, y restallaba como agitado por invisibles crepitaciones, incitando a la locura.

Tłuja permanecía acuclillada entre las sábanas amarillecidas y los harapos. Su descomunal cabeza está erizada de negros cabellos. Su cara se contrae como el fuelle de un acordeón. Un rictus doloroso arruga esa cara en numerosos pliegues transversales, después la sorpresa la estira de nuevo, la relaja, descubre las pequeñas cuencas de los ojos y las húmedas encías con sus dientes amarillentos bajo un labio carnoso en forma de hocico. Durante las horas de aletargada modorra y calor la muchacha farfulla algo en voz baja, dormita, murmura y gruñe. Un espeso enjambre de moscas rodea su forma inmóvil. Súbitamente, aquel cúmulo de trapos raídos, de harapos y deshechos comienzan a moverse como si tuvieran vida propia. Las moscas enardecidas se alejan formando un enjambre negro, entre zumbidos metálicos y reverberantes. Y mientras los harapos caen al suelo y se esparcen sobre la basura como ratas en desbandada, una forma surge de entre ellos lentamente, como con dificultad, el meollo de aquel montón de deshechos: una joven idiota, casi desnuda y de piel cobriza, semejante a una divinidad pagana, se levanta perezosamente sobre sus cortas piernas infantiles; su cuello hinchado por la ira y su cara excitada por el ardor, en la que se dibuja, como en una pintura primitiva, el arabesco de las venas colmadas de sangre, dejan escapar un grito ronco y salvaje, arrancado de todos sus bronquios, de todos los pífanos de su pecho mitad animal y mitad divino. Los cardos aúllan al sol, los lampazos hinchan e invocan su carne impúdica, las enormes plantas sueltan una baba venenosa mientras la idiota Tłuja, entre gritos sofocados, frota su pubis carnoso contra el tronco del saúco que gime silencioso bajo aquella desatada concupiscencia, que lo incita irremediablemente a una fecundidad desnaturalizada.

La madre de Tłuja lava los suelos de las casas del vecindario. Es una mujer pequeña de piel azafranada, y es con azafrán con lo que impregna también los suelos, las mesas, los bancos y baúles de madera de pino que limpia durante la jornada en las casas humildes. En cierta ocasión yo acompañé a Adela a casa de Maryśka. Aún era temprano cuando entramos en una pequeña habitación pintada de azul. Sobre un suelo arcilloso caía el primer sol, ambarino, en el silencio de aquella mañana medida por la enojosa estridencia de un reloj de péndulo. Tendida sobre un baúl de madera cubierto de paja dormía la loca Maryśka, blanca como una hostia, silenciosa como un guante abandonado. Como aprovechándose de aquel sueño, el silencio ambarino trinaba, exasperante, recitando en voz alta su soliloquio de maníaco. Y el tiempo de Maryśka, el tiempo encerrado en su alma, la había abandonado y galopaba, terriblemente real, a través de la habitación, estruendoso, vertiéndose desde el reloj como de un molino, semejante a la mala harina, la débil harina, la estúpida harina de los locos.

III

En una de esas pequeñas casas, rodeada por una empalizada de color marrón, sumida en el exuberante verdor, vivía la tía Agata. Al atravesar el jardín se pasaba junto a grandes bolas de cristal suspendidas de sus tallos, rosas, verdes y violetas: encerrados mundos de luces y colores, imágenes felices engarzadas en la perfección inaccesible de las pompas de jabón.

En la penumbra del vestíbulo tapizado con grabados herrumbrosos y cegados por la vejez, encontrábamos de nuevo un olor familiar que contenía, en una fórmula de asombrosa simplicidad, toda la vida de aquellas gentes, el misterio de su estirpe, de su sangre y de sus destinos, confundidos inextricablemente en el transcurso cotidiano de su tiempo. La vieja y sabia puerta, cuyos sombríos suspiros acompañaban las idas y venidas de aquella gente, las entradas y salidas de la madre, de las hijas y los hijos, se había abierto ante nosotros sin ruido, como la puerta de un armario, dejándonos penetrar en su vida. Estaban sentados como a la sombra de su destino y ya no luchaban: sus primeros gestos torpes nos desvelaron su secreto. ¿Acaso no éramos parientes suyos y estábamos ligados por la misma sangre y destino?

Los espesos tapices de terciopelo azul con incrustaciones doradas mantenían la habitación en penumbra, pero incluso aquí el eco de ese día inmisericorde de ferragosto, aun cuando estuviese tamizado por el verdor tupido del jardín, se reflejaba todavía con tonalidades de cobre sobre los marcos de los cuadros, los pomos de las puertas y los dorados bastidores. La tía Agata, sentada en un sillón cerca de la pared, se levantó, alta y exuberante, con su blanca carne como consumida por la herrumbre de las pecas. Nos sentamos a su lado, deteniéndonos por un momento al borde de su destino, algo incómodos por la pasividad con que se entregaban a nuestras miradas, y bebimos agua con jarabe de rosa, bebida extrañísima que condensaba en su aroma y sabor la esencia de aquel tórrido sábado. La tía Agata se quejaba. Ese era el tono habitual de su conversación, la voz misma de aquella carne blanca y fértil que parecía desbordar de su cuerpo y tener grandes dificultades para poder mantenerse en los límites de una forma individual, dispuesta a descomponerse, a ramificarse, a multiplicarse en familia. Era una proliferación casi autosuficiente, una feminidad ilimitada y malsana.

Habría bastado un olor ligeramente masculino, un vago olor a tabaco, una broma algo picante, para que empezase a proliferar lujuriosamente. Sus continuas recriminaciones en contra de su esposo y de la servidumbre, su embarazosa preocupación por los niños, todo eso no era más que el capricho de su insatisfecha fecundidad, prolongación natural de aquella insoportable coquetería, huraña y llorona, con la que ponía a prueba constantemente a su marido. El tío Marek, pequeño, encogido, con su rostro totalmente asexuado, parecía conformarse con su fracaso y permanecía inmóvil a la sombra de un desprecio infinito en el que se cobijaba. En sus ojos grises latía la brasa lejana del jardín, tamizada por los cristales de la ventana. En ocasiones intentaba tímidamente hacer frente, protestar, pero la ola de omnipotencia femenina barría aquel insignificante gesto y lo aniquilaba, ahogando bajo un impetuoso flujo los débiles sobresaltos de su virilidad.

Había algo trágico en aquella fecundidad impúdica, la miseria de una criatura luchando en el límite de la nada y la muerte, el admirable valor de la hembra triunfando sobre la insuficiencia del macho. Pero el linaje estaba allí para demostrar la razón de aquel pánico maternal, de aquella ansiedad de procrear que se agotaba en frutos malogrados, en una efímera generación de fantasmas sin sangre ni rostro.

Al punto entró Łucja, que tenía una cabeza prematuramente desarrollada sobre un cuerpo aún infantil de carne delicada y blanca. Me tendió una mano flácida e inmediatamente su rostro enrojeció como una peonía. Infeliz porque aquellos colores traicionaban, impúdicamente, los secretos de sus menstruaciones precoces, Łucja parpadeaba y se sonrojaba con cualquier pregunta que se le hiciese, ya que cada una de esas preguntas podía contener una secreta alusión a su hipersensible virginidad.

Emil, el mayor de mis primos, con su pequeño bigote rubio sobre un rostro inexpresivo, caminaba a lo largo y ancho de la estancia, con las manos hundidas en los grandes bolsillos de su pantalón.

Su traje elegante y costoso indicaba que había regresado del extranjero. Sobre su rostro turbado y marchito que parecía difuminarse más cada día, como si fuese asimilándose a una pared blanca, una pálida red de venas dejaba traslucir todavía los recuerdos apagados de una vida tormentosa y disipada. Era un tahúr jugando a las cartas, fumaba en preciosas y largas pipas y olía extrañamente a países lejanos. Vagando por sus recuerdos, con una mirada soñadora relataba extrañas anécdotas cuyo hilo perdía súbitamente, disipándose en el vacío.

Yo lo miraba con avidez, esperando atraer un poco su atención para que me sacara del insufrible aburrimiento de aquella tarde. Y, en efecto, me pareció que cuando abandonaba la habitación me hacía una señal. Lo seguí hasta la pieza contigua. Se había sentado en un pequeño diván y su cabeza, calva como una bola de billar, casi tocaba sus rodillas. No parecía ser más que un traje amplio y arrugado, abandonado con negligencia. Su rostro sólo era el aura de un rostro: la vagorosa estela que un desconocido hubiera dejado en el aire al pasar. Con sus pálidas manos, surcadas por finísimas venas azules, hurgaba en su cartera.


De la niebla que era su rostro surgió con dificultad un ojo torvo que me llamó con una señal de malicioso entendimiento. Sentí por él una desbordante simpatía. Me cogió entre sus rodillas, y, desplegando unas fotos con sus manos expertas, me hizo admirar las imágenes de hombres y mujeres desnudas, en posturas ciertamente extrañas. Apoyado en él, yo miraba aquellos cuerpos humanos tan delicados con inmaculados ojos que no veían nada, cuando de pronto el fluido de una oscura turbación, que había enrarecido el aire, me alcanzó y me hizo estremecer de inquietud, sumiéndome en una comprensión repentina. Pero, mientras tanto, la bruma de sonrisa que se había dibujado bajo su blando bigote, el embrión del deseo que había hecho latir rápidamente una vena de su sien, la tensión que fijó por un momento los rasgos dispersos de su cara, todo aquello había desaparecido: y su rostro se hundió de nuevo en la nada, se olvidó de si mismo, se desvaneció.