23 December 2013

Un año Juan Emar Fragmento (pp. 5-13) + descarga full texto (PDF)



Un año
por Juan Emar
con tres ilustraciones de Gabriela Emar
Fragmento (pp. 5-13)
http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0009711.pdf

ENERO 1º

Hoy he amanecido apresurado. Todo lo he hecho con apresuramiento vertiginoso: bañarme, vestirme, desayunarme, todo. Y rápidamente también terminé la lectura de Don Quijote y empecé la de La Divina Comedia.
Tal prisa la atribuyo al Quijote y a la fecha.
Ayer 31 de diciembre, último día de un año, justo es que hubiese leído la última página de un libro. Mas no lo hice. Iba leyendo:

Yace aquí el hidalgo fuerte
Que a tanto extremo llegó
De valiente, que se advierte
Que la muerte no triunfó
De su vida con su muerte.

Así iba leyendo cuando un caballero regordete vino a sentarse frente a mi mesa. Nos miramos. Silencio.
Bajé la vista para enterarme de la primera palabra del verso siguiente. El caballero con su diestra golpeó la mesa y me obligó a levantarla.
Esto se repitió catorce veces consecutivas.
Tengo cierta afinidad o cierta superstición con el número catorce. Ahí me detuve. No intenté la decimaquinta experiencia. Cerré el libro aunque sentí una cruel angustia al ver los punteros del reloj seguir su marcha hacia el año vecino.
Hoy lo terminé:
... que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna.— Vale.
Mas la prisa, ya anidada en mí, siguió empujándome. Cogí La Divina Comedia.
Como en una especie de vértigo llegué hasta:
Entrai per lo cammino alto e silvestre
Aquí la prisa me obligó a salir de casa.
Llevé el libro conmigo. Es un libro grande, encuadernado, de mucho peso. Tiene las ilustraciones de Doré.
Con mi libro y mis zapatos, iba corriendo por las calles.
Una plaza. A un costado un macizo edificio de piedra gris dominado por una torre. Abajo, una pequeña puerta de cuyo umbral arrancaba una escalera igualmente de piedra.
Una idea: trepar por dicha escalera hasta la cumbre de la torre, contemplar la ciudad y los campos lejanos y así calmar mi prisa.
Lo hice. Es decir, empecé a hacerlo. Empecé a trepar. Pero a la altura del vigésimonono peldaño, di un trastabillón (¡qué linda palabra!) y La Divina Comedia se me soltó de bajo el brazo y rodó.
Rodó escalera abajo. Llegó a la puerta, traspuso el umbral, dio de tumbos por la plaza. Se detuvo cerca del centro, se detuvo de espaldas y abierta; grandemente abierta: página 152, canto vigésimotercero. A un lado, el texto; al otro, una ilustración: entre altos despeñaderos aislados y sobre un suelo liso, un hombre por tierra, desnudo, de espaldas, los brazos abiertos, grandemente abiertos, los pies juntos, crucificado, así por tierra, sobre el suelo liso, entre los despeñaderos siempre aislados.
Dante y Virgilio miraban a aquel hombre. Bajo la ilustración se leía:
Attraversato e nudo é per la via,
Come tu vedi, ed é mestier ch 'e' sonta
Qualunque passa com 'ei pesa pria.
Empezó a llover. Cayó el agua despiadadamente. La Divina Comedia se mojaba, se filtraba. Sus palabras se iban a derretir sobre las piedras del pavimento. Bajé, llegué junto al libro, me agaché, estiré una mano y lo cogí, con el índice y el pulgar del borde superior del lomo de cuero. Entonces tiré hacia mí. Y aquí, ¡atención!
Tiré hacia mí lentamente, dulcemente. Empezaron a desplazarse brazo, mano y libro con la lentitud de pesadilla de un caracol.
Mi brazo, así, se plegaba sobre mi cuerpo. Allá mi mano retrocedía acercándose. Allá, como su presa, el libro abierto también. Y con el libro venían los despeñaderos, el suelo liso y dos figuras: Dante y Virgilio.
¡Atención! Dos figuras. No tres. Por—que el hombre crucificado, crucificado siempre, no venía. A pesar de sus tres clavos, resbalaba por sobre su página, mejor dicho dejaba resbalar la página, el libro todo bajo él.
Al cabo de un momento sus pies salían fuera por la base. Sus piernas, su espalda, sus brazos en cruz, su nuca que, al dar contra el pavimento, sonó con golpe seco.
Los tres clavos se hundieron en las piedras.
Volví hacia la puerta con La Divina Comedia empapada y con un personaje menos.
Miré: el buen hombre crecía ahora, se modelaba. Un hombre fuerte, musculado, de negras barbas y cabello hirsuto, desnudo, crucificado, clavado por tierra al medio de una plaza y lloviendo sobre él.
Regresé a casa. Toda mi prisa se había desvanecido. Ahora que escribo estoy tranquilo. Me rodea una paz sin igual.