11 April 2014

"A la luz de la casta luna electrónica", relato de Angélica Gorodischer (versión íntegra)

Illus. by Maria Szymańska for Dar Królowej Róż, 1971

A LA LUZ DE LA CASTA 
LUNA ELECTRÓNICA
por Angélica Gorodischer


*
Ayer estuve con Trafalgar Medrano. No es fácil encontrár­selo. Siempre anda de aquí para allá en esos negocios su­yos de exportación e importación. Pero de vez en cuando anda de allá para aquí y le gusta sentarse a tomar café y charlar con un amigo. Yo estaba en el Burgundy y cuando lo vi entrar casi no lo reconocí: se había afeitado el bigote.

El Burgundy es uno de esos bares de los que ya van quedando pocos, si queda alguno. Nada de fórmica ni de fluorescentes ni de cocacola. Una alfombra gris un poco gastada, mesas de madera de veras y sillas de madera de veras, algunos espejos entre la boiserie, ventanas chicas, puerta de una sola hoja y fachada que no dice nada. Gra­cias a todo eso adentro hay bastante silencio y cualquiera puede sentarse a leer el diario o a conversar con otro o a no hacer nada frente a una mesa con mantel, vajilla de loza blanca o vidrio como la gente y azucarera en serio sin que nadie, y menos Marcos, venga a molestarlo.

No le digo dónde queda porque en una de ésas usted tiene hijos adolescentes, o peor, hijas adolescentes, que se enteran y adiós tranquilidad. Le doy un solo dato: está en el centro, entre una tienda y una galería y seguro que usted pasa por ahí todos los días cuando va al banco y no lo ve.

Pero Trafalgar Medrano se me vino en seguida para la mesa. Él sí que me reconoció porque yo sigo teniendo ese aspecto gordinflón Cheviot y Yardley de abogado próspe­ro, que es exactamente lo que soy. Nos saludamos como si nos hubiéramos visto hacía un par de días pero calculé que habían pasado como seis meses. Le hizo una seña a Marcos que quería decir a ver ese café doble, y yo seguí con mi jerez.


—Hacía rato que no te veía —le dije.

—Y, sí —me contestó—. Viajes de negocios.

Marcos le trajo su café doble y un vaso con agua fres­ca sobre un platito de plata. Eso es lo que me gusta del Burgundy.

—Además me metí en un lío.

—Un día de éstos vas a terminar en cana —le dije— y no me llames para que te vaya a sacar. No me ocupo de esas cosas.

Probó el café y prendió un cigarrillo negro. Fuma cor­tos, sin filtro. Tiene sus manías como cualquiera.

—Un lío con una mujer —aclaró sin mirarme—. Creo que era una mujer.

—Traf —le dije poniéndome muy serio—, espero que no hayas contraído una exquisita inclinación por los jo­vencitos frágiles, de piel tersa y ojos claros.

—Era como una mujer cuando estábamos en la cama.

— ¿Y qué hacías con ella o con él en la cama? —le pre­gunté, cosa de estimularlo un poco.

— ¿Qué te parece que hace uno con una mujer en la cama? ¿Cantar a dúo los lieder de Schumann?

—Ta bien, ta bien, pero explicame: ¿qué tenía entre las piernas? ¿Una cosa que sobresalía o un agujero?

—Un agujero. Mejor dicho dos, cada uno en el lugar correspondiente.

—Y vos te aprovechaste de los dos.

—Y no.

—Era una mujer —resolví.

—Humm —me dijo—. Eso pensé.

Y volvió al café y al negro corto sin filtro. No se lo puede apurar a Trafalgar. Si usted se lo encuentra alguna vez, en el Burgundy o en el Jockey o en cualquier otra par­te y él empieza a contarle lo que le pasó en uno de sus via­jes, por Dios y toda la corte celestial no lo apure, vea que tiene que ir largando sus cosas a su modo perezoso y soca­rrón. Así que pedí otro jerez y algunos saladitos y Marcos se acercó y comentó algo sobre el tiempo y Trafalgar deci­dió que los cambios de clima son como los chicos, si uno les da pelota está perdido. Marcos estuvo de acuerdo y se las tomó para la barra.

—Fue en Veroboar —siguió—. Era la segunda vez que iba pero a la primera no la cuento porque estuve ahí de pasada y no alcancé ni a bajar. Queda en el borde de la galaxia.

No he sabido nunca si es cierto o no que Trafalgar viaja por las estrellas pero no tengo por qué no creerle. Pasan tantas cosas más raras. Lo que sí sé es que es fabulosamen­te rico. Y que no parece importarle un bledo.

—Yo había andado vendiendo material de lectura en el sistema de Seskundrea, siete mundos limpitos y brillantes en los que la lectura visual es un lujo. Un lujo que impuse yo, por otra parte. Allá los textos se escuchaban o se leían al tacto. La chusma lo sigue haciendo pero yo les he vendi­do libros y revistas a todos los que se creen que son al­guien. Tuve que bajarme en Veroboar que no queda muy lejos, para que me controlaran una pantalla de inducción única, y aproveché para vender el sobrante —prendió otro cigarrillo—o Eran revistas de historietas. No pongás esa cara que si no hubiera sido por las revistas de historietas no hubiera tenido que afeitarme el bigote.

Marcos le trajo otro café doble antes que se lo pidiera. Es una maravilla este Marcos: si usted no toma más que jerez seco bien helado como yo o jugo de naranja sin colar y con gin como Salustiano, el más chico de los Carreras, o siete cafés dobles al hilo como Trafalgar Medrano, puede estar seguro de que Marcos va a estar ahí para recordarlo así hagan diez años que usted no va al Burgundy.

—Esta vez no fui a Seskundrea, no vaya a ser que el lu­jo se convierta en costumbre y tenga que ponerme a pen­sar en otra cosa, pero llevaba Bayaspirina a Belanius III donde la Bayaspirina tiene efectos alucinógenos. Cuestión de clima o de metabolismo debe ser.

—No te digo que vas a terminar en cana.

—Difícil. Lo convencí al jefe de Policía de Belanius III para que probara con Cafiaspirina. Imaginátelo.

Traté pero no pude. El jefe de Policía de Belanius III castigándose con Cafiaspirina es algo que está más allá de los límites de mi modesta imaginación. Y hay que ver que no hice un gran esfuerzo porque estaba intrigado con lo de la mujer que a lo mejor no era y con lo del lío.

—Belanius III queda no muy cerca de Veroboar pero ya que estaba decidí probar con más revistas y algunos li­bros, pocos para no espantarlos. Claro que ahora me iba a quedar un tiempo y no se las iba a ofrecer al primer mono que apareciera para que él las vendiera y se quedara con mi tajada, cualquier día. Estacioné el cacharro, metí la ropa y la mercadería en una valija y tomé un ómnibus que iba a Verov, la capital.

—¿Y la aduana?

Me miró sobrador:

—En los mundos civilizados no hay aduanas, viejo.

Son bastante más vivos que nosotros.

Terminó el segundo café y miró para la barra pero Mar­cos estaba atendiendo otra mesa.

—Iba decidido a hablar con alguien estratégicamente situado que me pudiera decir dónde y cómo organizar la venta, comisión mediante.

—Así que en los mundos civilizados no hay aduanas pero hay coimas.

—Bah, más o menos civilizados. No seas tan estricto: todos tienen sus debilidades. Ahí por ejemplo me llevé la gran sorpresa: Veroboar es un aristomatriarcado.

—¿Un qué?

—Eso. Un millar de mujeres, supongo que son muje­res; jóvenes, supongo que son jóvenes; divinas.

—Suponés que son divinas.

—Eso se ve a la legua. Ricas. También se ve a la legua.

Ellas solas tienen en un puño a todo Veroboar, y qué pu­ño. No podés ni estornudar sin su permiso. A los dos mi­nutos de estar en el hotel recibí una nota con sellos y membretes en la que se me citaba al despacho del gober­nador. A las treinta y una horas setenta y cinco minutos en punto. Quiere decir que tenía media hora para bañarme, afeitarme y vestirme.

Marcos llegó con el tercer café doble.

—Y desgraciadamente —dijo Trafalgar—, salvo en las casas de Las Mil aunque yo no tuve tiempo de vedas, en Veroboar no hay aparatos de tocador sofisticados como en Sechus o en Vexvise o en Forendo Lhda. ¿Te conté alguna vez que en Drenekuta V viajan en carros tirados por bue­yes pero tienen televisión en relieve y unos cubículos de aire comprimido que te afeitan, te hacen peeling, te masa­jean, te maquillan porque en Drenekura los hombres se maquillan y se enrulan el pelo y se pintan las uñas, y te vis­ten en siete segundos?

—No, creo que no. Un día me contaste de unos tipos mudos que bailaban en vez de hablar o algo así.

—Por favor. Anandaha—A. Qué mundo fulero. Nunca pude venderles nada.

—¿Y llegaste a tiempo?

—Adónde.

Se tomó media taza de café.

—Al despacho del gobernador. Rubia, ojos verdes, muy alta, con unas piernas que si las ves te da un ataque.

A mí con mujeres esplendorosas. Me casé con una hace treinta y siete años. No sé si Trafalgar Medrano está casa­do o no. Agrego que mi mujer se llama Leticia y sigo.

—Y dos manzanitas duras que se le veían a través de la blusa y unas caderas redondas —hizo una pausa—. Era una víbora. No gastó saliva en ceremonias. Se me plantó delante y me dijo: “Nos preguntábamos cuándo volvería a Veroboar, señor Medrano”. Pensé que empezábamos bien y me equivoqué como un boludo. Le dije que era muy ha­lagador que se acordaran de mí y me miró como si yo fue­ra un pedazo de bosta que el barrendero se olvidó de le­vantar y me largó, ¿sabés lo que me largó?

—Ni idea.

—“No hemos visto con buenos ojos sus actividades clandestinas en el puerto de Verov.” Qué me decís.

No le dije nada.

—Para qué te voy a repetir el diálogo. Además no me acuerdo. Las brujas éstas habían fusilado al pobre tipo que se puso a vender mis revistas —tomó otro poco de café—­ y habían confiscado el material y decidido que yo era un delincuente.

—Y vos te la llevaste a la cama y la convenciste de que no te fusilara a vos también.

—No me la llevé a la cama —me explicó con mucha paciencia

—Pero vos me dijiste.

—No con ésta. Después de advertirme que tenía que dirigirme a ella por su título, que era Iluminada Señora a Cargo de la Gobernación de Verovsian.

—No me digás que cada vez que le hablabas tenías que largarle todo eso.

—Sí te lo digo. Después de advertirme me dijo que no podía salir del hotel sin su autorización y que por supues­to no tratara de vender nada y que ya me avisarían cuando pudiera venirme de vuelta. Si alguna vez podía. Y que al día siguiente tenía que presentarme ante uno de los miem­bros del Gobierno Central. Y que me retirara.

—La flauta.

—Me fui al hotel y me fumé tres paquetes de cigarri­llos. La cosa no me estaba gustando nada. Me hice llevar la comida a la habitación. Un asco la comida del hotel y eso que era el mejor de Verov y para colmo la cama era dema­siado blanda y la ventana no cerraba bien.

El resto del café seguro que ya estaba frío pero se lo tomó. Marcos repasaba el diario sección carreras: sabe de caballos todo lo que hay para saber y un poco más. Tiene un hijo flamante colega mío y una hija casada que vive en Córdoba. No había más que otras dos mesas ocupadas así que el Burgundy estaba bastante más pacífico que Vero­boar. Trafalgar fumó un rato sin hablar y yo miré mi copa vacía preguntándome si era una ocasión especial: solamen­te en ocasiones especiales me tomo más de dos.

—Al día siguiente recibí otra nota, con membrete pero sin sellos, donde me decían que la entrevista era con la Ilu­minada y Casta Señora Guinevera Lapislázuli.

—¿Qué dijiste? —salté— ¿Se llamaba así?

—No, claro que no.

Marcos había largado el diario, había cobrado en una de las otras mesas y ya se venía con el cuarto café doble. A mí no me trajo nada porque la cosa no tenía pinta de oca­sión especial.

—Se llamaba —dijo Trafalgar, que nunca le pone azú­car al café— algo que sonaba como eso. En todo caso lo que me decían era que la entrevista se había aplazado hasta el día siguiente porque la iluminada casta y demás que era miembro del Gobierno Central había iniciado su trámite anual ante la División de Relaciones Integrales de la Secre­taría de Comunicación Privada. Allá el año dura casi el do­ble que acá y los días son más largos y las horas también.

Francamente, no me interesaba la cronosofía de Ve­roboar.

—Y todo eso qué quiere decir —le pregunté.

—Yo qué sabía.

Se quedó callado mirando a tres tipos que entraron y se sentaron a la mesa del fondo. No estoy seguro pero me parece que uno de ellos era Bender, el que tiene una em­presa constructora, usted lo debe conocer.

—Me fui enterando después, de a puchos —dijo Tra­falgar con la taza de café en la mano— y no sé si lo enten­dí del todo. Y al otro día la misma historia porque la ilu­minada seguía con sus diligencias y al otro también y al otro también. Al quinto día me cansé de las matriarcas ru­bias y sus secretarias, de estar encerrado en la habitación del hotel, de la bazofia que había para comer, de la cama y de la ventana y de todo y de pasearme en veinte metros cuadrados pensando que por ahí me secuestraban en Vero­boar por tiempo indeterminado. O me fusilaban.

Se empacó un rato, enojado con retroactividad, mien­tras tomaba el café y ya iban cuatro.

—Entonces soborné al mozo que me traía la comida. No fue difícil y yo ya me lo había supuesto porque era un flaco con cara de hambre, dientes cariados y ropa raída. Todo es miserable y triste en Veroboar. Todo menos Las Mil. No vuelvo más a ese mundo de porquería —lo pensó—. Es decir, no sé.

Yo me estaba impacientando.

—Lo sobornaste. ¿Y?

—El tipo tenía un julepe pampa pero me consiguió una guía de teléfonos y me pasó el dato que para entrevistar a un miembro del Gobierno Central había que ir vestido de gala, maldito sea.

—Traf, no entiendo nada —le grité casi—. Marcos, otro jerez.

Marcos me miró como extrañado pero sacó la botella.

—Ah, es que no te dije que en la última de esas notas me informaban que como la iluminada había terminado los trámites iba a quedarse entre cinco y diez días encerra­da en su casa. Y ya que no me llamaban al despacho, quería la dirección de la casa para ir a verla ahí.

—Pero te habían prohibido salir del hotel.

—Ajá.

Marcos llegó con el jerez: ocasión especial.

—Tenía que hacer algo. Cinco a diez días más era de­masiado. Por eso esa noche como no sabía cuál era el ves­tido de gala en Veroboar y el flaco tampoco, qué iba a sa­ber, me vestí como para salir de padrino: frac, camisa blan­ca con botones de perlas, moño de raso, zapatos de charol, galera y capa. Y bastón y guantes.

—Andá.

—No te imaginás las cosas que llevo en mi equipaje.

Haceme acordar que te cuente lo que es el traje de ceremo­nia en Foulikdan. Y lo que hay que ponerse si uno quiere vender algo en Mesdabaulli IV —se rió, no le diré que mucho porque Trafalgar no es muy expresivo, pero se rió—. Ya vestido, esperé la señal del flaco y cuando me avisó por el teléfono interno que no había nadie abajo, sa­lí del hotel y tomé un taxi que ya me estaba esperando y que recorrió unos cinco kilómetros a paso de hombre. Mi Dios, lo que era la casa. Claro, vos no sabés cómo son las casas de Veroboar. Apenas mejores que las de una villa mi­seria. Pero la Guinevera Lapislázuli era una de Las Mil y miembro del Gobierno Central. Viejo, qué palacio. Todo de mármol y cristal de medio metro de espesor en un jar­dín lleno de flores y fuentes y estatuas. La noche era oscu­ra. Veroboar tiene una luna raquítica que no alumbra nada, pero había focos amarillos entre las plantas del jardín. Lo atravesé caminando apurado como si viviera ahí y el del taxi me miró con la boca abierta. Llegué a la puerta y bus­qué un timbre o una aldaba. No había. Tampoco había pi­caporte. La empujé y se abrió.

—¿Entraste?

—Claro que entré. Estaba seguro de que me iban a fu­silar. Si no esa noche, al otro día.

—¿Y?

—No me fusilaron.

—Ya me había dado cuenta.

—Adentro no había nadie. Tosí, golpeé las manos, lla­mé. Nadie. Me puse a caminar para cualquier lado. Los pi­sos eran de mármol. Había enormes focos redondos de luz colgando del techo con cadenas incrustadas de piedras. Los muebles eran de madera dorada muy trabajada.

—Me importa un pito la decoración de la casa de la La­pislázuli. Haceme el favor de decirme qué pasó.

Como ve, predico pero no practico. A veces Trafalgar me saca de mis casillas.

—Por un rato nada. Hasta que por ahí empujé una puerta y me la encontré.

El jerez estaba bien frío y el tipo que me parece que era Bender se levantó y fue al baño.

—¿También era rubia? —pregunté.

—También. Vos disculparás pero te tengo que hablar de la decoración de ese cuarto.

—Si no hay más remedio.

—No hay. Era monstruosa. Mármol por todas partes de varios tonos de rosa en las paredes y el piso y negro en el techo. De los zócalos salían plantas y flores artificiales. De plástico. De todos colores. Rinconeras en las que había pebeteros con incienso. Arriba brillaba una luna fluores­cente como una tortilla colgada con hilos transparentes y que se hamacó cuando yo abrí la puerta. Junto a una pared había una máquina del tamaño de un aparador que zum­baba y tenía lucecitas que se prendían y se apagaban. Y contra otra pared una cama dorada interminable y en la cama estaba ella desnuda y me miraba.

Pensé seriamente en tomarme un cuarto jerez.

—Yo llevaba preparado un verso magnífico que con­sistía en no versear o en versear lo menos posible, pero el cuadro me había dejado sin aliento. Me saqué la galera, hi­ce una reverencia, abrí la boca y no me salió nada. Ensayé de nuevo y empecé a tartamudear. Ella me seguía mirando y cuando yo estaba por largarme con lo de Iluminada y Casta Señora, etcétera, levantó una mano y me hizo señas para que me acercara.

Yo ni me había dado cuenta cuándo pero se había to­mado el cuarto café porque Marcos llegó con otra taza.

—Me acerqué, cómo no. Me paré al lado de la cama y la máquina que zumbaba vino a quedar a mi derecha. Esta­ba nervioso, calculá, y alargué la mano y empecé a tantear a ver si la podía apagar, sin dejar de mirarla. Valía la pena.

—Era una mujer nomás, qué tanto.

—Ya te dije que creo que sí. De lo seguro que estoy es de que tenía una calentura bárbara. A esa altura yo tam­bién. Con la mano derecha encontré una palanca y la bajé y la máquina se apagó. Sin el zumbido me empecé a sentir mejor, me agaché y la besé en la boca que por lo visto era lo más adecuado para las circunstancias porque ella me agarró del cuello y entró a tirar para abajo. Largué la gale­ra y usé las dos manos libres para las dos manzanitas esta vez sin blusa ni nada.

—Linda noche.

—Más o menos, ya vas a ver. Me desvestí en tiempo ré­cord, me le tiré encima y le dije algo así como piba, sos lo más lindo que he visto en mi vida y te aseguro que no mentía, porque era linda y tibia y a mí ya me parecía que yo era payador y rey del mundo todo en uno, ¿y sabés lo que me dijo ella?

—Pero cómo voy a saber. ¿Qué te dijo?

—Me dijo “Mandrake, amor mío, no me digás piba, decime Narda”.

—Traf, dejate de macanas.

—No son macanas. Yo, que no estaba para andar pen­sando en sutilezas, arremetí con todo, aunque tuve la sen­sación de haberme volteado a una piantada.

—¿Era casta?

—Qué iba a ser. Tal vez fuera iluminada pero casta no era. Se las sabía todas. Y entre los grititos y las piruetas me seguía diciendo Mandrake.

—Y vos le decías Narda.

—Qué me importaba. Era linda, ya lo creo, y era incansable y tentadora. En cuanto yo aflojaba un poco y me adormilaba abrazándola, ya me recorría con los dedos y la lengua y se me reía metiéndome el hocico en el cuello y me mordisqueaba y yo volvía a la carga y rodábamos hechos un nudo sobre la cama dorada. Hasta que por ahí en una de esas volteretas se avivó que la máquina estaba apagada. Se sentó en la cama y pegó un alarido y yo pensé qué tanto lío. Es como si vos te ponés a aullar porque se te apagó el calefón.

—Pero eso no sería un calefón, digo yo.

—No, no era. Yo quería seguir con la farra y traté de agarrarla para que se volviera a acostar, pero gritó más fuerte y a los gritos me preguntó qué estaba haciendo yo ahí. Le dije pero qué mala memoria tenés mi querida y ella seguía a los gritos que quién era yo y que qué hacía en su cuarto y que me fuera inmediatamente y trataba de tapar­se con algo.

—Piantada es poco —comenté.

—Ah, eso pensé yo, pero resulta que no, que un poco de razón tenía la pobre.

Se quedó un rato callado y después se acordó que yo estaba ahí:

—¿Te dije que me había desvestido en tiempo récord? Bueno, me vestí más ligero todavía, no sé cómo, porque aunque no entendía lo que pasaba, tuve la impresión de que el asunto se estaba poniendo más fiero de lo que yo suponía. Y mientras me prendía la camisa y me sujetaba los pantalones y metía el moño en un bolsillo todo al mis­mo tiempo, pensé que realmente me hubiera venido bien ser Mandrake para hacer un pase magnético y aparecer todo vestido. Y ahí mismo supe que yo era Mandrake.

—¡Pero che!

—¿No te das cuenta? —me dijo un poco fastidiado, como si uno pudiera darse cuenta de algo en toda esa mes­colanza—. Yo estaba vestido de Mandrake y tengo, tenía bigote, y el pelo negro un poco aplastado y Las Mil ha­bían confiscado las revistas de historietas.

—Y la Lapislázuli las había leído y se había enamora­do de Mandrake, eso lo entiendo. ¿Pero por qué gritaba si creía que vos eras Mandrake?

—Esperá, esperá.

—¿Porque qué más quería, con la nochecita que estaba pasando?

—Esperá te digo, a vos no se te puede contar nada.

El cenicero estaba lleno de puchos de negro sin filtro.

Yo hace dieciocho años que dejé de fumar y en ese mo­mento lo lamenté.

—Me terminé de vestir y salí rajando con la capa y la galera en la mano y sin el bastón ni los guantes mientras la rubia se envolvía con una sábana, de seda dorada aunque no lo creas, y me amenazaba con la tortura y la muerte por descuartizamiento. No sé cómo no me perdí entre tanto mármol. Hasta la puerta de entrada se oían los gritos. En la calle, ni un taxi. Corrí dos o tres cuadras, en lo oscuro, por un barrio silencioso en donde seguro que vivían cinco o seis de Las Mil porque cada casa ocupaba por lo menos una manzana. Después de una avenida más ancha que la de los porteños, cuando empezaba la villa miseria, encontré un taxi. El chofer era un viejo amarillento que quería char­lar. Yo no. Tal vez me hubiera puesto amarillento, no te digo que no, pero no quería charlar. Subí los escalones de a tres, no había ascensor en ese hotel mugriento, entré en el cuarto, me saqué el frac, me afeité el bigote, me puse una peluca rubia, ya te dije que en esos viajes mi equipaje da para todo, y anteojos y una gorra y un saco a cuadros y un pantalón marrón y empecé a meter cosas en la valija. Y en eso apareció el flaco, que se había tomado un interés espe­cial en mis asuntos no gracias a mi personalidad arrollado­ra sino gracias a las posibilidades de mi billetera, y me en­contró revoleando calzoncillos.

—Decime, Traf, ¿por qué te escapabas de un puñado de mujeres que eran estupendas y además acostables por lo que veo?

Iba por la mitad del sexto café y estábamos solos en el Burgundy. Se hacía tarde pero yo ni miré el reloj porque no pensaba irme hasta no haber escuchado el final. Leticia sabe que a veces, a veces, llego a cualquier hora y no le im­porta, siempre que siga siendo a veces.

—Vos no estuviste en Veroboar —dijo Trafalgar—, ni te gritoneó el gobernador, ni conociste al flaco hambrien­to y asustado o al tipo que fusilaron por dos docenas de revistas, un mecánico asmático que tenía conjuntivitis pu­rulenta y le faltaban dos dedos de la mano izquierda y que­ría ganarse unos mangos extra para estar dos días sin tra­bajar en el puerto. Ni viste la casa de la Lapislázuli. Mise­ria, mugre y barro y olor a enfermedad y a podrido por todos lados. Eso es Veroboar. Eso y mil mujeres espanto­samente ricas y poderosas que hacen lo que quieren con el resto del mundo.

—No se puede confiar en las mujeres —dije.

Tengo cuatro hijas: si alguna me oye, me estrangula.

Sobre todo la tercera que también es abogada, el Señor nos asista. Pero Trafalgar me salió al cruce:

—Por algunas cosas que he visto, en los hombres tam­poco.

Tuve que estar de acuerdo yeso que no he viajado tan­to como Trafalgar Medrano. México, algo de Estados Uni­dos, Europa y esas cosas y veraneo en Punta del Este. Pero no he estado en Seskundrea ni en Anandaha-A.

—Puede ser que te parezca que estuve digamos dema­siado prudente, pero ya vas a ver que tuve razón. Me daba cuenta que si la rubia del Gobierno Central me agarraba, me descuartizaba seguro.

Terminó el café y abrió otro paquete de negros sin filtro.

—El flaco me dio algunos detalles en cuanto le dije que estaba en un lío aunque no le aclaré qué clase de lío. La po­sición de las Mil no es hereditaria, no son hijas de familias notables. Salen del pueblo. Cualquier chica que sea linda pero muy linda y consiga, cosa que no es fácil ni mucho menos, reunir una suma determinada antes de empezar a arrugarse, puede aspirar a ser una de Las Mil. Si llega, re­pudia familia, pasado y clase. Las otras la educan, la pulen y después la largan. Y lo único que tiene que hacer de ahí en adelante es pasarla bien, ser cada vez más rica porque todo el mundo trabaja para ella y gobernar Veroboar. No tienen hijos. Ni hijas. Se supone que son vírgenes e inmor­tales. La gente sospecha sin embargo que no son inmorta­les. Yo sé que no son vírgenes.

—La tuya no era.

—Las otras tampoco, me juego la cabeza. No tienen hijos, pero hacen el amor.

—¿Con quién? ¿Con Los Mil?

—No hay Los Mil. Supongo que, en secreto, entre ellas. Pero oficialmente una vez al año, todo planificado en la Secretaría esa de Comunicación Privada. Hacen una so­licitud y mientras esperan que les contesten las demás las felicitan y les mandan regalitos y les hacen fiestas. De la Secretaría siempre les dicen que sí cómo no y entonces se van a sus casas, despiden a los sirvientes, arreglan el esce­nario, conectan la máquina y se acuestan. Con la máquina. La que yo apagué. La máquina les da dos cosas: una, alu­cinaciones visuales, táctiles, auditivas y todo, que respon­den al modelo que eligieron y que ya está programado en el artefacto. El modelo puede existir o no, puede ser el portero del ministerio o un engendro imaginado por ellas o, en mi caso, un personaje de historieta de las malditas re­vistas que yo mismo le vendí al mecánico. Y dos, todas las sensaciones del orgasmo. Por eso la Lapislázuli estaba en el séptimo cielo con lo que creía que eran los efectos de la máquina y pensaba, me imagino yo, que la ilusión de acos­tarse con Mandrake era perfecta. Cómo no iba a ser per­fecta, pobre mina, si yo había llegado justo a tiempo. El romance electrónico dura unos días, el flaco no sabía cuántos, y después vuelven muy campantes a gobernar y a pasarla como reyes. Como reinas.

—¿El flaco te contó todo eso?

—Sí. No como te lo cuento yo a vos sino lleno de ador­nos mitológicos y explicaciones fabulosas. Mientras yo metía las cosas en la valija. Hasta me ayudó. La cerré y salí corriendo porque ahora ya sabía que las papas quemaban y por qué, y el flaco atrás mío. Ya me llamaba la atención tanto coraje. Pero mientras bajábamos los tres pisos se pu­so a contarme boqueando que tenía una hija más linda y más rubia que Ver. Eso dijo.

—¿Ver?

—El sol. Y que estaba ahorrando para que llegara a ser una de Las Mil. Me paré en seco en el primer piso y le dije que estaba loco, que si la quería que la casara con el vendedor de tortas fritas o con el remendón y se sentara a espe­rar que le diera nietos. Pero estaba loco y ni me oyó y si me oyó no me hizo caso: me preguntó si yo era rico. Cuan­do te digo que en los hombres tampoco se puede confiar.

—Le diste la guita.

—Seguí bajando la escalera a los saltos y el flaco me consiguió un taxi.

—Le diste la guita.

—No hablemos del asunto. Me metí en el taxi y le dije al chofer que no sé si era viejo o amarillento o las dos cosas o ninguna, que le pagaba doble si me llevaba volando al puerto. Me llevó volando y le pagué doble. Yo iba miran­do para atrás todo el tiempo a ver si la Lapislázuli me ha­bía largado los perros.

—No te había largado nada.

—Cómo que no. Les gané por un pelo. Prendí los mo­tores pero todavía estaba pegado al suelo cuando llegaron con sirenas y focos y ametralladoras. Empezaron a tirar y ahí despegué. Los deben haber fusilado a todos por dejarme escapar. O quizá los descuartizaron en lugar mío.

—Qué salvada.

Tomó el café y manoteó la billetera.

—Dejá —le dije—, invito yo. Para festejar tu vuelta.

—Para festejos quedé —dudó antes de guardar la bille­tera—. Me desvié un poco y me fui a Naijale 11. Ahí podía vender cualquier cosa. Y comprar por chirolas una planta de la que los químicos de Oen sacan un perfume que no se puede comparar con ninguno de ninguna otra parte. Có­mo estaría yo que no bajé la mercadería y no compré nada. Me fui a un hotel como la gente y pasé una semana co­miendo bien y durmiendo como podía. Aparte de eso lo único que hice fue ir a la playa y ver televisión. No tomé alcohol, no miré mujeres y no leí revistas de historietas. Y te aseguro que en Naijale 11 las tres cosas son de primera calidad. Después me vine. Hice un viaje infernal, dur­miendo a los saltos, equivocándome de ruta a cada mo­mento, meta hacer cálculos que a lo mejor no sirven para nada porque no sé cuánto dura un embarazo en Veroboar. No se lo pregunté al flaco y si se lo hubiera preguntado él me hubiera hablado del embarazo de su mujer que debe ser una vieja arrugada y más escuálida que él, ¿y cómo sé yo si Las Mil tienen una misma fisiología que las mujeres comunes? ¿Cómo sé si no las alteran? ¿Cómo sé si pueden o no quedar embarazadas? ¿Y si pueden, cómo sé si la Lapislázuli quedó embarazada esa noche? ¿De Mandrake? ¿Cómo sé si Las Mil no son máquinas ellas también y si no la han fusilado o algo peor a la hija del flaco igual que a todas las que aspiraron a ser como ellas, cuestión de que­darse con la plata y seguir haciendo el amor con otras má­quinas?

—Vos estuviste en la cama con ella, Traf. ¿Era una mujer?

—Sí. Creo que sí.

—Lástima —le dije—. Si fueran máquinas no tendrías por qué volver a Veroboar.

Pagué, nos levantamos y nos fuimos. Cuando salimos, había dejado de llover.