03 January 2014

"Obiturario (Cristián)" por Mónica Ríos

Obiturario (Cristián)
por Mónica Ríos


Fuente: Specimens

Hace tiempo que no suelo pasar las páginas hasta la sección de obituarios. No conozco a muchos en este país, así que los nombres son solo listas que le quitan realidad a la muerte. Los miraba con atención cuando aún no me había ido. Como a los doce, decidí que tenía que leerlos de cabo a rabo, entornando los ojos con esfuerzo, con la esperanza de que tal vez pudiera absorber el mundo antes de que se me escapara. Tal vez una ojeada a las vidas, las muertes, los crímenes, los éxitos y las caídas quitarían por fin esa sensación de fragilidad a las cosas. Pronto entendí que los diarios son los lugares donde las historias se vuelven murmullo, que todo lo que uno puede ver es el fin y que, igual que en las páginas del obituario, el origen está borroneado.
Hace poco recibí una llamada de una antigua conocida del colegio con quien habíamos mantenido cierto contacto. Me urgía, como si fuera una mala broma, a abrir las páginas del diario en la sección de los obituarios. Al percatarse de su error, me lo leyó fuerte, como si también me fallara el oído. Escuché atentamente mientras me contaba que otra conocida de los tiempos del colegio, más lejana aun en mi retina, se había contactado con ella para informarle que nuestro compañero de curso, Cristián, había muerto en la misma ciudad donde yo ahora residía. Se esperaba —y eso era un consenso— que yo fuera al funeral en representación de esa porción de su vida.
Entre la populosa lista de nombres, escuché el suyo. Esa debe haber sido la manera en que lo conocí: su nombre en la voz de la profesora. Me habría olvidado de su cara, como lo había hecho con el resto, si no fuera porque antes de transformarnos en afables conocidos durante los años escolares su cara se me impregnó en la retina bajo el dominio de una fiebre.
En la escuela contraje una enfermedad seria que me paralizó en cama por más de dos meses. El virus se me instaló en la cabeza y desde ahí controló el resto de mi cuerpo, causando los primeros signos del deterioro. En ese entonces veía perfectamente, y solía matar el tiempo en la cama de mi mamá mirando el televisor que mi padre había olvidado llevarse. Durante esos meses, de los cuales mi mente aún conserva vívidos registros, miraba a mi mamá prepararse para el trabajo, desplazar las cortinas, abrir las ventanas de par en par y despedirse de mí con un beso en la frente. Un largo silencio quedaba después de su partida, durante los cuales paseaba por mi cabeza sintiendo los colores y las formas del cuerpo que hervía.
Me acuerdo de los trazos que mi mamá había hecho en un papel con instrucciones para la mujer que me cuidaba, y cómo de pronto sus letras estaban en la puerta del baño que se acercaba a pasos agigantados a la cama hasta reventar en mi cabeza. La mujer que me cuidaba trataba de calmar mi agitación dándome unos sorbitos de agua y prendiendo el televisor. Como a mediodía, se sentaba a mi lado y cambiaba el canal a la teleserie sobre una mujer empleada en una casa de millonarios, a quien le sucedían puras desgracias. La primera de ellas fue enamorarse del exitoso joven patrón. Él estaba a punto de casarse con una mujer muy mala que tenía a la protagonista entre ceja y ceja. El único consuelo para la protagonista era el hermano chico del patrón, pues, a pesar de que nadie más la comprendiera, de que la explotaran en el trabajo y de que le hicieran la vida imposible, el niño siempre tenía una palabra sabia con la cual mostrarle la belleza de la vida. Ese niño tenía un aire a Cristián. Compartían una leve deformidad en la boca, obesidad infantil y una voz nasal. Yo detestaba que el niño fuera sabio de tan frágil, y que aun siéndolo no se diera cuenta del mal que su familia le hacía a la protagonista. Tampoco entendía por qué la protagonista quería tanto a una persona tan estúpida. De a poco empecé a odiar a Cristián.
Un día, cuando mi cabeza estaba a punto de explotar por la fiebre y mi cuerpo no podía aguantar ni comida ni líquido, la mujer que me cuidaba me dejó sola con la televisión encendida. Como siempre, la protagonista de la teleserie llevó al niño a los juegos de la plaza. Esos eran los momentos más felices para ella. Él estaba feliz también, y su extraña sonrisa empañaba más la imagen televisiva. Sin moverme, yo podía verlo por la esquina de mi ojo afiebrado. Con el otro me aseguraba de que la puerta del baño no me devorara. Él subía las barras y se deslizaba torpemente por las cuerdas de los juegos. Saludaba a su nana desde la punta del refalín, el sol caía sobre él aureoleándolo como a un santo. A ella ya no le importaba lo que las otras le murmuraran al oído. Solo tenía ojos para el hijo que nunca tuvo, el hijo que nunca tendría con el hombre a quien amaba. Ahí estaba él, con un leve parecido a esos rasgos galantes que la habían conquistado. A través de los ojos del niño, el hombre también podría ver que ella era una buena mujer, que su pobreza era circunstancial y que en sus venas también corría sangre de aristócrata. Ella lo saludó de vuelta, miró alrededor emborrachada del enhorabuena. Yo cerré mis ojos sintiendo la repulsión, empujando con todas mis fuerzas esa puerta que quería caer una y otra vez encima mío. Cuando detuve mis ojos en la pantalla nuevamente, el niño estaba en el piso y su cabeza yacía en una poza de sangre y barro. La protagonista les gritaba a las otras mujeres, preguntando qué hacía ahora, mientras sostenía la cabeza del niño por donde se le escurría la vida a Cristián. La puerta finalmente cayó sobre mí, explotó en mi cabeza y vomité encima de la cama.
Después de ese día la fiebre empezó a bajar y mi vista empezó a nublarse. Pude volver al colegio unas semanas después. La profesora leyó la lista de nombres y Cristián respondió, monstruosamente vivo. A la larga me acostumbré a su presencia y crecimos juntos. Aprendí a separar las cosas que mi cabeza había juntado. Pero cada vez que atrapaba por el rabillo del ojo el pelo largo o recién cortado de Cristián, cuando recibía un lápiz desde su mano sudorosa e inexacta, cuando mostraba su sonrisa de tortuga, la revulsión volvía. Cada vez que disertaba frente al curso, cada vez que golpeaba a otro compañero más débil en el patio, o cada vez que se burlaba de sus mejores amigos mientras salía del edificio, yo no podía olvidar que la sabiduría había muerto a los pies del refalín. Percibía eso mientras él se abocaba obsesivamente a problemas de matemáticas, cuando declaró su interés en la economía, cuando decidió el grosor de su cuenta bancaria, que estudiaría en una prestigiosa escuela de Estados Unidos y se casaría, sin importar quién fuera ella.
Ni siquiera conseguí que se me olvidara cuando lo perdí de vista por completo. Nunca pude verlo besar a la esposa que había elegido para la biografía que planeó con la exactitud de un guión, o comprobar si los hijos eran la viva imagen del Cristián de mi retina. Pero cuando les di la mano y el pésame a cada uno de ellos en el funeral sentí los mismos dedos cremosos dejando su aroma a leche en los míos.



Mónica Ríos (Chile, 1978) ha publicado la novela Segundos (2010), y es coautora de Cine de mujeres en posdictadura (2010). Escribe regularmente notas de crítica literaria para Sobrelibros.cl y formó parte del sitio web de investigación Archivodramaturgia.cl. Ha colaborado con ensayos académicos para los volúmenes De la violencia a las palabras (2008) y Salón de anomalías. Diez lecturas críticas acerca de la obra de Mario Bellatin (2013).

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