28 July 2014

"La persecución de la sodomía en Valencia" por VICENT BAYDAL


HISTORIAS DE LA CIUDAD DE VALENCIA
La persecución de la sodomía en Valencia
VICENT BAYDAL*
09/08/2014 

"El primer caso valenciano se remonta a 1272, cuando fue condenado "a cremar e a perdre llurs béns" un judío acusado de "crim de sodomita". Unas décadas después fue el rey Jaime II quien desplegó una intensa campaña contra la homosexualidad masculina..."

VALENCIA. Algunos timoratos se lanzaron las manos a la cabeza cuando supieron que la Acadèmia Valenciana de la Llengua había admitido en su diccionario normativo la palabra "llençolada" con el significado de juego erótico en el que un grupo de hombres se sienta en torno a una mesa, tapando su parte inferior con una sábana, de manera que una persona situada debajo, hombre o mujer, practica una masturbación a uno de ellos, que debe evitar ser reconocido como el que está recibiendo la estimulación sexual.

La tradición viene de largo, según explica el escritor Ferran Torrent, y aún nos podemos remontar unos cuantos siglos para encontrar prácticas similares documentadas en las cárceles valencianas del siglo XVII. En este caso era el "gorrigorri", un juego en el que un grupo de hombres, que hacían el papel de cardenales, desvestía a otro, figuradamente el papa, que quedaba completamente desnudo y los bendecía uno a uno, ungiéndolos con los genitales bañados en agua. Lo explica el profesor norteamericano Cristian Berco en Sexual Hierarchies, Public Status (2007), uno de los libros dedicados al estudio de la persecución de la homosexualidad masculina en la antigua Corona de Aragón que ha aparecido en los últimos años.

En otro de ellos, quizás el más exhaustivo, se explica que los castigos colectivos por el entonces llamado "crimen sodomítico" eran especialmente frecuentes en la ciudad de Valencia. Se trata de la obra del archivero Jaume Riera Sodomites catalans. Història i vida (2013), que incluye 270 casos penales de homosexualidad referentes a Cataluña o los catalanes entre los siglos XIII y XVIII, haciendo referencia también a algunos casos sucedidos en los territorios vecinos. Uno los más sonados fue, por ejemplo, el que tuvo lugar en la Valencia de 1452, en la que fueron quemados cinco hombres "e d'aquel viatge fugiren molta gent de la ciutat per sodomites".

Más tarde, en 1625, un nuevo caso afectó a unos 60 hombres, algunos de las clases altas, implicados en una red de prostitución con jóvenes: "diu-se que eixien de València y se congregaven en algun lloch o aldea, que és parc de recreo, y allí feyen sos nefands tractats, y que hi havia del floret de la ciutat y alguns doctors del Real Consell". Hubo doce sentencias de muerte, de las cuales ya habló el profesor valenciano de la Universidad de Montpellier Rafael Carrasco, en su estudio pionero Inquisición y represión sexual en Valencia. Historia de los sodomitas (1565-1785) (1985).

La Inquisición fue el tribunal más activo en el hostigamiento contra las prácticas homosexuales durante los siglos modernos, pero no el único. En la edad media, por ejemplo, estaba fuera de su alcance y era una competencia exclusiva de las diversas instancias de justicia que existían entonces, la mayoría de ellas civiles: los tribunales del rey, de los señores feudales, de los prelados, de los municipios, etc. De hecho, el primer caso valenciano conocido pertenece a la corte judicial de la capital, cuando en 1272 fue condenado "a cremar e a perdre llurs béns" un judío de Valencia acusado de "crim de sodomita". Unas décadas después fue el rey Jaime II quien desplegó una intensa campaña contra la homosexualidad masculina, aprovechando las acusaciones de sodomía realizadas contra los Templarios, que sirvieron para disolver la orden en 1307.

Bartolí Albert, de Castellón de la Plana, fue perseguido en 1308, en 1314 se hizo una batida contra todos los musulmanes del reino de Valencia que cometían sodomía y en 1318 se inculpó al alamín y a otros habitantes de Chiva. La persecución, sin embargo, finalizó por entonces, justo cuando el heredero de la Corona de Jaime II, también llamado Jaime, dejó plantada en el altar a su prometida, la infanta de Castilla, ya que con 22 años ni había conocido "fembra carnalment" ni deseaba "prendre muller, ara ni mai". Posiblemente el heredero, que acabó renunciando a reinar por ello, presentaba tendencias homofílicas.   

El odio al homosexual estaba muy extendido socialmente y el mismo Jaume Riera responsabiliza no sólo a los miembros de la Iglesia, sino también a los gobernantes, que reforzaron su persecución legal (no así en el caso de la usura, por ejemplo, que, a pesar de estar moralmente condenada, fue despenalizada en el siglo XIV). San Agustín fue quien, en el siglo V, puso las bases de la lucha católica contra la homosexualidad, al considerar que el acto carnal entre hombres, supuestamente antinatural y por tanto contra el orden divino, había constituido el principal vicio de los habitantes de Sodoma, los sodomitas, cuya región había sido asolada por Dios con una lluvia de fuego y azufre. Dicha visión, reafirmada por el sentir social, fue la que llegó a los grandes códigos legislativos de la Europa medieval, como los Fueros de Valencia de Jaime I, del siglo XIII, que equiparaban la sodomía a la herejía y la apostasía, castigándolas con la pena máxima: "heretges e sodomites sien cremats".

Así, por ejemplo, en 1321 Domingo Peris, sirviente en unos baños públicos, fue denunciado por "jaure carnalment per lo ses" (por el ano) con un menor y en 1386 un ciudadano de Barcelona, Francesc Lunes, fue inculpado por haber cometido sodomía en Valencia. Más aún, el detonante final que hizo comenzar la revuelta de las Germanías en 1519 fue un estallido de violencia popular, "l'avalot de la Seu", contra dos homosexuales, un panadero y un clérigo, que se habían refugiado en la catedral. Finalmente, ante los intentos de incendiar el palacio arzobispal, el panadero fue entregado a la turba, que lo ahogó y quemó, aunque, según indica un cronista de la época, "morí com a bon christià, aprés de haver-se confessat ab dos frares".

Poco después, en 1524, entraron en acción los tribunales de la Inquisición de Zaragoza, Valencia y Barcelona, gracias a una bula especial que les permitía perseguir la homosexualidad. Los de Madrid o Sevilla, por ejemplo, no tenían dicha competencia, ya que en la Corona de Aragón fue concedida para eludir la legislación foral que protegía a sus súbditos, según explica el profesor William Monter, autor de La otra Inquisición (1992). El propio caso que originó la bula fue el de un jurista de Zaragoza acusado de sodomía, Sancho de la Cavallería, que no podía ser torturado según los Fueros de Aragón, pero sí que lo fue al ser juzgado por la Inquisición.

De hecho, también el primer caso de homosexualidad visto por los tribunales inquisitoriales de Valencia, en 1572, tuvo un trasfondo político. Pedro Luis Garceran de Borja, maestre de Montesa y hermanastro de quien sería San Francisco de Borja, fue acusado de haber mantenido relaciones con diversos caballeros y con un prostituto profesional, razón por la que fue condenado a una gran multa económica y a diez años de reclusión en un convento. Pronto volvió a frecuentar la corte, pero tuvo que pagar un alto precio político al rey Felipe II: cederle la orden militar de Montesa, la única que todavía no había sido incorporada a la Corona.

A partir de entonces, en el contexto del Concilio de Trento, la Contrarreforma, el arzobispado del patriarca Ribera y la expulsión de los moriscos, se inició una auténtica campaña inquisitorial contra las prácticas homosexuales masculinas. Cada año se publicaba un edicto de fe en todas las parroquias animando a denunciar, entre otros, el llamado "pecado nefando", el de aquellos que cometían sodomía. No en vano, la pena de muerte en la hoguera, aplicada en un 10% de los casos aproximadamente, se reservaba a los reos mayores de edad en que quedaba probada la existencia del coito anal consumado, con eyaculación interna, tanto activa como pasiva. El resto, ya fueran tocamientos, masturbaciones, sexo oral o eyaculaciones externas, se solía penar con azotes, el destierro y/o diversos años de galeras, donde, por cierto, eran prácticas muy habituales.

Así, por ejemplo, en 1572 el catalán Pere Puig, capellán de la ermita de la Misericordia de Meliana, fue desterrado del reino de Valencia por forzar a un joven de Almàssera, a quien "conoció carnalmente por detrás" dos veces. En agosto de 1581 el equipo de cocina del virrey de Valencia fue encarcelado y el cocinero jefe, Antoine Lardomenudo, de Lyon, tras ser torturado en "la corriola", confesó "lo crim de sodomia" y fue quemado en la hoguera; uno de los ayudantes adolescentes con los que mantenía relaciones, Joan Prats, fue azotado y marcado en el culo con una parrilla ardiente.

En 1606 tres jóvenes valencianos que habían llegado a Barcelona "todos desarropados, hechos pícaros", consiguieron escapar de la cárcel inquisitorial "haziendo un agujero por el techo del tejado", pero no así sus compañeros en la práctica homosexual, dos marineros napolitanos, Michele Fogues y Giuseppe Palameiano, que "los donaren garrot y quasi semivivos los cremaren". En 1623 el sastre de 55 años Joan Garcia fue acusado de masturbar a un joven en la catedral de Valencia durante un sermón y en 1624 un esclavo negro fue inculpado por haber practicado la sodomía con el hijo de un barbero en los establos del palacio real de la ciudad.

En ocasiones, la intervención de los inquisidores resultaba, cuando menos, oportuna. Nos referimos a los casos de pederastia, como el de Agustí Roger, sastre y vecino de Gandía, que en 1626 fue acusado por una mujer de haber intentado abusar de su hijo de 7 años: "echándole encima de la cama le procuró meter su miembro y le hazía mucho mal, y, estando en el acto, entró la madre". O un siglo después el de Antonio Campos, de Villahermosa, maestro de gramática en Valencia, que aprovechaba las relaciones con sus alumnos para propasarse sexualmente. A uno de ellos "le solizitó para conozerle carnalmente y aplicó su miembro viril por el ojo prepóstero, estando ambos en pie", en los lavabos de la catedral; a otro lo acosó en "un callizo muy obscuro llamado La Subidica del Toledano", junto al Micalet, "y, según pareze, le metía un dedo por el óculo prepóstero diziéndole: ¿No bes como no te hago mal?".

También por entonces, en 1740, otro maestro, en este caso de Tarragona, Isidre Llaurador, fue denunciado por su propio hermano por haber cometido "actos sodomíticos" durante un par de décadas con sus alumnos, de 7 a 12 años. No sólo les practicaba el coito anal cuatro o cinco veces por semana, sino que también les obligaba a practicárselo a él y a hacerlo entre ellos, corrigiéndoles las posturas y castigándolos si no lo conseguían.

Según indica Jaume Riera, las pocas sentencias completas que se conservan de la Inquisición son "pura pornografía de la mejor calidad, precisa en las descripciones y con hechos reales, no fingidos; la morbosidad de su lectura alcanzaría hoy cotas superlativas". Por eso mismo casi todas eran publicadas sin detalles o a puerta cerrada, de manera que la mayoría se han perdido. En cualquier caso, cabe indicar que a partir de mediados del siglo XVII y a lo largo del XVIII, con el relajamiento del puritanismo extremo y la muy paulatina introducción de las ideas racionalistas e ilustradas, el acoso judicial -que no social- a las prácticas homosexuales se fue mitigando. En dichos casos se dejaron de aplicar la tortura y la pena de muerte, y el primer país europeo en despenalizarla fue Francia, en 1791.

Los nuevos aires de tolerancia se hicieron sentir en España en el efímero Código Penal de 1822-1823 y en el de 1848, que dejó de perseguir la sodomía como conducta delictiva, aunque la incluía en los casos de escándalo público. Aún peor, dicha situación fue revertida durante el franquismo, cuando en 1954 los homosexuales fueron incluidos en la Ley de Vagos y Maleantes, cuyos artículos referentes a la cuestión perduraron hasta 1979. Por lo tanto, hace tan sólo 35 años que la sociedad valenciana disfruta de libertad para manifestar las tendencias homosexuales y homofílicas, frente a siglos y siglos de persecución en épocas pasadas, un período en el que, como subraya el propio Riera, "la dirección de los asuntos públicos, tanto civiles como eclesiásticos, estaba en manos de integristas". Bienvenida sea, pues, la libertad contemporánea.

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Vicent Baydal es medievalista, doctor en Historia, y miembro de la Universidad de Oxford como investigador. @vicentbaydal