24 August 2014

´Una soledad demasiado ruidosa` (fragmento). Bohumil Hrabal


´Una soledad demasiado ruidosa` 
(fragmento)
Bohumil Hrabal



En el momento de pulsar el botón verde, a pasitos, bajaron por la escalera las faldas de dos gitanas que de vez en cuando venían a visitarme, como dos visiones; siempre aparecían cuando menos las esperaba, cuando ya las daba por muertas, cuando ya creía que sus amantes las habían degollado; dos gitanas jóvenes que recogían papel viejo, se lo cargaban en hatos enormes a la espalda, como las campesinas que, en otros tiempos, iban con hatos a recoger hierba al bosque, las dos gitanas erraban bamboleándose por las grandes avenidas llenas de animación, obligando a los peatones a apartarse metiéndose en los portales de las casas y las puertas de las tiendas; cuando las dos gitanas entraban en el pasillo de la casa donde trabajo, pasaban tan justo que por allí no pasaba ni una aguja; una vez dentro se desplomaban, boca arriba, sobre las pilas de papel, se aflojaban las correas, se desembarazaban de aquel dogal, de aquel yugo pesado, arrastraban los hatos hasta la balanza, se pasaban la mano por la frente empapada de sudor y vigilaban la aguja que solía señalar treinta, cuarenta, a veces hasta cincuenta kilos de cajas, cartones y toda especie de papelería que las tiendas y los almacenes tiran a la basura. Y cuando sentían añoranza o cuando estaban rendidas —y que conste que aquellas gitanas eran fuertes, vistas de lejos parecía como si no llevaran hatos sino el vagón de un tranvía—, cuando estaban hartas de todo, bajaban a mi madriguera y se tiraban sobre los montones de papel seco, se subían la falda hasta el ombligo, sacaban cigarrillos y cerillas y así, con el vientre desnudo, fumaban, tragándose el humo con la misma avidez que si comieran chocolate. Rebozado de moscas, solté algo que pretendía ser una salutación, la gitana turquesa tenía unas piernas desnudas preciosas y un vientre desnudo precioso, y una bonita mata de pelos le inflamaba el bajo vientre, una mano le servía de almohada, la otra llevaba el cigarrillo a los labios para poder tragarse ávidamente el humo, así solía descansar la gitana turquesa, toda ingenuidad, mientras la otra, la roja, se desplomó como una toalla tirada, sin hacer nada, rendida y exánime. Señalé mi cartera con un gesto; solía traer unas rodanchas de salchichón y un panecillo para merendar, pero los días que bebía me volvía a llevar la merienda a casa porque no tenía ni pizca de hambre, estaba agitado y temblaba de excitación y también estaba un poco borracho de la cerveza de todo el día; las gitanas se levantaron como dos balancines de las pilas de papel, con los cigarrillos en los labios para tener las manos libres, se precipitaron a abrir mi cartera, desenvolvieron el embutido y lo separaron en dos mitades, apagaron los cigarrillos con los tacones, histriónicamente, como si estuvieran chafando la cabeza de una víbora, entonces se sentaron y antes que nada devoraron el salchichón y sólo después atacaron el pan —me encanta contemplarlas cuando comen el pan: no lo muerden sino que lo parten en trocitos, muy serias, llevándose luego los pedazos a la boca—; apoyadas la una en la otra, sacudían la cabeza, como dos caballos condenados a arrastrar el carro hasta el día en que los llevan al matadero; cuando topo por la calle con estas gitanas que, con sus hatos a la espalda, se dirigen a un gran almacén, siempre las veo cogidas por la cintura, fumando y trotando, bamboleándose, como si bailasen una polca. Y no es que la vida de estas gitanas fuese moco de pavo: el papel alimentaba no sólo a sus hijos sino también a su macarra, que cada noche recogía todo su dinero: cuanto más grande era el hato que llevaban, más dinero les sacaba. Su macarra era un gitano muy farolero, llevaba gafas doradas, bigote y el pelo con la raya en medio, y una máquina fotográfica en una correa colgada al hombro. Cada día fotografiaba a las gitanas; como fuera que las dos mujeres eran un pedazo de pan, se esforzaban por poner buena cara; el gitano les arreglaba la sonrisa y el pelo y luego se apartaba para sacar la foto, pero nunca tenía carrete en la máquina, las gitanas nunca recibieron una foto, pero aun así se dejaban fotografiar haciendo castillos en el aire con las fotos que nunca habrían de llegar, como los creyentes viven de la esperanza del cielo y del paraíso. Un día las vi en Liben, delante de la taberna de Scholler, antes de llegar al puente; en el cruce, un policía municipal gitano dirigía el tráfico; con sus mangas blancas, el bastón a rayas y sus movimientos de bailarín tenía un aire tan gracioso y al mismo tiempo tan distinguido que me paré a contemplar aquel espectáculo, y de golpe me hirieron la vista los colores turquesa y rojo fuego, mis dos gitanas, al otro lado de la calle, con los ojos como platos, admiraban a aquel gitano en medio del cruce, rodeadas de todo un gentío, había niños, mujeres y hombres gitanos que, maravillados y llenos de orgullo, se comían con los ojos a aquel guardia municipal. Y cuando otro guardia vino a relevar al gitano, todo el grupo le rodeó para felicitarle, mis gitanas cayeron de rodillas y con la falda turquesa y la roja lustraban las polvorientas botas de uniforme del gitano; él sonreía con reserva pero al final ya no podía esconder su satisfacción, reía y besaba ceremoniosamente a todos los gitanos, mientras la falda turquesa y la roja le pulían las botas. Mis gitanas acabaron su comilona, recogieron las migas y se las comieron, la falda turquesa se tendió sobre el papel, la gitana se la subió inocentemente hasta el ombligo, poniéndome su vientre delante de las narices y me preguntó con seriedad… ¿Qué, abuelo, se anima? Le mostré mis manos llenas de sangre, hice un gesto de bajar las persianas y contesté… Dejémoslo correr por hoy, me duelen las rodillas. La gitana se encogió de hombros, se bajó la falda y, tanto ella como la de la falda de color fuego, que mientras tanto se había sentado en un peldaño, clavaron en mí sus ojos desorbitados, sin parpadear. Luego se levantaron, restablecidas y reanimadas, cogieron los pañuelos para formar con ellos los hatos y se lanzaron escaleras arriba, pero antes de desaparecer, con la cabeza entre las rodillas, como un metro plegable, me saludaron con sus voces roncas y se fueron volando hacia el pasillo; entonces oí su inimitable paso de polca en el patio, camino del lugar donde les mandaba a buscar papel su gitano, el de la máquina fotográfica al hombro, pequeño bigote bien peinado y raya partiéndole el pelo, el cual les arreglaba los negocios por adelantado [...] Y mientras yo trabajaba y durante todo el tiempo que las gitanas estuvieron conmigo, Jesús y Lao-Tse estaban de pie junto a mi prensa y sólo ahora, abandonado y condenado de nuevo a la soledad y al trabajo mecánico, rodeado y azotado por cordones de moscas gigantes, empecé a verlo claramente: Jesús era un campeón de tenis que acababa de ganar Wimbledon, Lao-Tse, miserable, era como un comerciante que a pesar de sus riquezas parecía desposeído de todo; vi la sangrienta materialidad de todas las cifras y de todos los símbolos de Jesús, mientras que Lao-Tse, vestido con una mortaja, señalaba con el dedo una viga rústica; vi que Jesús era un play-boy y Lao-Tse un soltero abandonado por las glándulas, vi cómo Jesús alzaba imperativamente un brazo y con un gesto de prepotencia maldecía a sus enemigos mientras que Lao-Tse, resignado, dejaba caer sus brazos como si fuesen las alas rotas de un cisne [...]. El aire resplandecía y yo, deslumbrado, cerraba los ojos como si cada rayo de sol trajera consigo un poco de sal, andaba despacio a lo largo de la vicaría de la iglesia de la Santa Trinidad, habían agujereado la acera y junto a la zanja vi a mis gitanas, la falda turquesa y la roja que estaban sentadas sobre una viga y charlaban con unos gitanos que excavaban la acera para colocar la tubería, el trabajo les ofrecía algo que hacer, así mataban el tiempo y se lo pasaban pipa, me encantaba mirarlos, desnudos de cintura para arriba, sus picos luchaban con la tierra dura y los adoquines, los devoraba con los ojos, medio hundidos en la tierra como si cavasen su propia tumba, me conmovía verlos con sus mujeres y con sus hijos a los que siempre tienen cerca, a menudo veo cómo una gitana con la falda remangada, cava la zanja con un pico reluciente mientras un joven gitano tiene un niño pequeño en su regazo, juega con él y le acaricia, y de ese modo se llena de una especie de fuerza, no física sino anímica, y es que los gitanos son muy sensibles, son como las bellas vírgenes del sur de Bohemia que juegan con el Niño Jesús; a veces me miran de un modo que me deja pasmado; los gitanos tienen unos ojos increíbles, unos ojos grandes y sabios de una cultura hace tiempo olvidada; he oído decir que cuando nosotros aún corríamos con las hachas y nos atábamos un pedazo de piel a la cintura, en algún lugar del mundo los gitanos tenían un estado con una estructura social que ya había conocido dos veces la decadencia; en cambio, los gitanos de Praga llevan aquí apenas dos generaciones, y a esos gitanos les agrada hacer en el lugar donde trabajan una pequeña hoguera con vigas que parten con el pico, un fuego ritual, un fuego nómada que chasquea vivaz, como la risa de un niño, un fuego que es el símbolo de la eternidad, anterior al pensamiento del hombre, un pequeño fuego gratuito como un don del cielo, un signo vivo del elemento, que los peatones pasan de largo con indiferencia, un fuego que, en las zanjas excavadas en las calles de Praga, nace de la muerte de las vigas partidas con el pico, un fuego que calienta los ojos y el alma nómada, y cuando hace frío, también las manos; pensaba en todas esas cosas mientras miraba cómo la camarera de la taberna Husensky me llenaba la jarra con cuatro vasos de medio litro, vertió la espuma derramada en un vaso que me mandó haciéndolo resbalar sobre el mostrador para que me lo acabase, e inmediatamente se apartó de mí, seguramente porque ayer a la hora de pagar me saltó de la manga un ratoncito. Me acabé la cerveza y pensé que la camarera más bien se había apartado de mí porque tenía las manos manchadas de sangre seca, que sin duda me habré pasado por la cara y me di cuenta de que tenía la frente salpicada con grandes moscas secas que había chafado con la mano. Meditabundo, volvía por la callejuela excavada, las faldas turquesa y roja estaban allí al sol, pegadas a la pared de la iglesia de la Santa Trinidad, el gitano con la máquina fotográfica las cogió por las barbillas para girar un poco sus caras, luego retrocedió y miró el visor, de nuevo invitó aquellas dos caras de cromo a sonreír, después se acercó el visor al ojo, hizo una señal con la mano y un clic, avanzó el carrete inexistente, mientras las gitanas aplaudían y se alegraban como niñas pequeñas, preocupadas por si habrían quedado guapas en la foto.