28 January 2015

Artículo breve. "Música en Auschwitz", por Enrique G de la G

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A setenta años de la liberación de Auschwitz quiero evocar una faceta desconocida de la vida de los campos de concentración nazis y, en particular, la historia del músico Simon Laks.

La alemana es una cultura melómana y la afición por la buena música no fue una excepción entre las huestes nazis. La película de Roman Polanski, The Pianist, ha difundido esta peculiar imagen: nazis despiadados pero conmovidos hasta el éxtasis estético ante una sonata.

El aparato del Reich dispuso que todos los campos de concentración que se “preciaran” de serlo debían contar con una capella o pequeña orquesta. Las orquestas tocaban música por la mañana, cuando los prisioneros salían del campo de concentración a los trabajos forzados, y por la tarde, cuando volvían después de la extenuante jornada; además, amenizaban los eventos festivos de los nazis, como reuniones dominicales, cumpleaños, visitas de funcionarios importantes, por ejemplo. Estas capellas empezaron en los campos masculinos pero más tarde se instauraron también en los femeninos o en los de gitanos.

Simon Laks era un polaco que se había instalado en París para trabajar como músico. Era violinista, compositor y director de orquesta. Fue hecho prisionero y deportado a Auschwitz-Birkenau a los 42 años de edad. En el campo de concentración comunicó a los nazis sus aptitudes musicales y se le destinó a la Lagerkapelle, la capella del campo.

Por aquel entonces esta orquesta era dirigida por Franz Kopka, un preso político, un alemán, que no tenía la menor idea de música pero que había salvado su pellejo en la –relativa– comodidad de la barraca para los músicos. Era un pillo que abusaba de sus compañeros y de quien se despistara. Los músicos, por ejemplo, ofrecían clases a los nazis o conciertos privados, y se les retribuía con la moneda corriente del campo, que eran cigarrillos, que después podían cambiarse por sopa, pan, salchicha o papas. Pero Kopka cobraba su porcentaje a cambio de no delatarlos ante las autoridades del campo. La orquesta entera lo detestaba por abusivo pero se había labrado su puesto, que parecía inamovible, ante los nazis.

Uno de los factores que gozaba de más ascendencia en el cosmos de Auschwitz era el número tatuado en el brazo. Kopka era de la serie 11,000 –uno de los más antiguos–, mientras que Laks era de la serie 130,000, por haber llegado ciento veinte mil prisioneros más tarde. En el sistema trastocado de Auschwitz, ser “millonario”, es decir, contar con muchos ceros en la numeración de registro, equivalía al derecho a ser pisoteado y abusado por los presos más antiguos.

Kopka fue relevado del cargo cuando apremiaban los refuerzos en el frente pero murió antes, enfermo y deprimido. Laks pasó a ser el nuevo director de orquesta de prisioneros de Auschwitz-Birkenau. Su trabajo consistía en reconstituir a diario la orquesta, pues los integrantes fallecían sin cesar, en revisar los instrumentos que llegaban todos los días junto con los nuevos deportados, y en enviarlos a restaurar si hacía falta, en hacer arreglos musicales de las piezas que los nazis prefirieran de acuerdo a las posibilidades humanas y técnicas de la orquesta, a dirigir los ensayos y, en fin, a preparar los repertorios. Más adelante se estableció incluso un rico intercambio artístico entre la orquesta masculina y la gitana.

Algunos de los nombres más aterrorizantes de Auschwitz –señaladamente Johann Schwarzhuber– abandonaban temporalmente su condición de monstruos y la música los humanizaba, los volvía personas aunque fuese efímeramente. Como contraparte, la música ejercía en algunos de los presos una opresión indecible, que los empujaba a la desesperación, la nostalgia o la villanía. ¿Cómo explicar que la música tuviera efectos positivos en algunos nazis y negativos en algunos presos?

Hace setenta años, los últimos en abandonar Auschwitz –a unas horas del arribo de las fuerzas soviéticas– fueron los integrantes de la orquesta de prisioneros. Al verlos, el agradecido director del campo se despidió de ellos con palabras “impregnadas de dolor y de tristeza”, según recordó Laks hasta su último día:

Meine schöne Kapelle! ¡Mi preciosa orquesta!

Luego, la marcha de la muerte para unos y el combate y la muerte para los otros.

En 1947, Laks publicó en París y en francés sus memorias, que escribió al alimón con un compañero de desgracia, Musique d’un autre monde. Treinta años más tarde, Laks reescribió aquel libro –esta vez en polaco– y la perspectiva histórica le imprimió un cariz filosófico. Sus reflexiones sobre la música y la condición humana en aquel contexto límite son una cantera aún por descubrir. Se topó con la censura del aparato polaco que no aceptaba que la música fuera capaz de suavizar a algunos nazis y de enardecer a algunos prisioneros.

Existe una mala traducción al español del segundo libro de Laks, que se titula Melodías de Auschwitz. La editorial Herder México planea para este año la publicación de sendos libros en un solo volumen y durante la presentación del libro se interpretarán –por primera vez en México– obras de Laks. Ideal sería que participaran los violins of hope, aquellos instrumentos musicales rescatados de los campos de concentración y restaurados y que hoy, por ejemplo, se tocaron en un concierto conmemorativo en la Philharmonie de Berlín.

Enrique G de la GCiudad de México. Enero, 2015.

Black white picture of a violin and a bow in the grass

Recurso en línea: holocaustmusic.ort.org

Entrevista con André Laks, hijo de Simon Laks: www.youtube.com/watch?v=JTcokTpMOC4

El libro más completo sobre el tema es Music in the Holocaust Confronting Life in the Nazi Ghettos and Camps, de Shirli Gilbert: https://global.oup.com/academic/product/music-in-
the-holocaust-9780199277971?cc=mx&lang=en&

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Fecha de aparición de la nota original: 27/01/2015