09 December 2009

Introducción del libro Historia de la ciencia en México (Elías Trabulse)


Introducción de
Historia de la ciencia en México.
Elías Trabulse, Historia de la ciencia en México, 4 vols., México, CONACYT-FCE, 1983-1985.

México tiene también, como muchos otros países, una historia secreta. Esta historia ha sido pocas veces contada y yace en su mayor parte oculta y subterránea, aunque haya corrido paralela en el tiempo a los sucesos políticos, sociales, económicos y culturales que integran y constituyen el pasado de un pueblo. Esa historia secreta es la historia de la ciencia. Su desenvolvimiento en nuestro país ha tenido lugar en forma harto misteriosa, casi siempre en la oscuridad, al margen de los hechos y acontecimientos relevantes y espectaculares de nuestro pasado; pero su integración a este pasado no secreto resulta obvia apenas lanzamos un rayo de luz al rico acervo de sus logros científicos que les dan una nueva dimensión a ese otro mundo de acontecimientos sociales y políticos de todos conocido.
Los hombres de ciencia del pasado y sus logros científicos pertenecen a la historia cultural de la humanidad. Ellos han sido en multitud de casos un poderoso fermento motriz de la evolución histórica ya que han marcado rutas y fijado pautas a seguir en la prosecución del conocimiento del mundo físico conducente a un mejor dominio y control de las fuerzas naturales, todo ello tendiente a hacer de la tierra una morada más habitable para los seres humanos. Ciertamente en muchos casos ese conocimiento ha llevado a desastrosos resultados de exterminio y destrucción, pero es obvio que esas fuerzas que así han desvirtuado los propósitos y el quehacer de la ciencia no sólo le son ajenas, sino que en la mayoría de los casos resultan opuestas a sus fines[1].
Esta historia de la ciencia narra casi siempre las hazañas de unos pocos individuos o, a lo más, de reducidas comunidades de hombres de ciencia. Contrasta fuertemente con las historias que atienden a fuerzas sociales más complejas y plurales y que por ello resultan más difíciles de analizar críticamente. Aquel desarrollo resulta menos evidente no sólo a los ojos del hombre común sino también a los del historiador especializado; en cambio este segundo tipo de acaecer no sólo es más patente sino que compone la mayor porción de la amplia producción historiográfica de los últimos trescientos años. A la historia de la ciencia la caracteriza un ritmo sostenido y pausado ajeno a las convulsiones violentas y sonoras que constituyen buena parte del desarrollo político y social de un pueblo. Aquella historia secreta es cosmopolita, universal y carece de fronteras. Los científicos son ciudadanos del mundo y su labor por mínima que sea es patrimonio universal y pertenece a todos los humanos sin distinción de credo, nacionalidad o raza. En cambio la historia política está casi siempre, salvo en las conflagraciones mundiales, circunscrita geográficamente a una nación y a algunos de sus vecino s con los que tiene nexos o fronteras comunes. Mientras al hombre de ciencia lo caracteriza el secreto de un actividad creadora, fértil y generosa, al político lo define al afán de dominio y de supremacía. Los nombres de muchos científicos ni siquiera han pasado a nuestros registros históricos; de ellos no conocemos más que sus obras, su vida es un misterio. En constaste, la historia política es frecuentemente abundante en datos sobre sus protagonistas señeros o de segunda fila, aunque su labor no haya sido digna de encomio. Aquella historia revela una lucha constante por el conocimiento, a menudo logrado en condiciones de trabajo lamentables sobre todo en épocas en que la labor del hombre de ciencia era menospreciada cuando no prohibida y estigmatizada. El secreto y sigilo con el que realizaron su obra los enaltece ante los ojos de las generaciones posteriores. Sus descubrimientos muy pocas veces provocaron alguna conmoción inmediata, aunque a largo plazo muchos de ellos han transformado de raíz y como pocos fenómenos lo han hecho, la vida del ser humano. Frente a la inalterable trayectoria científica de la humanidad, hecha de innumerables acumulaciones de datos, de múltiples interpretaciones válidas en su momento y de las más diversas teorías, operante o fallidas, las otras historias no s parecen estar constituidas por altibajos y choques, por convulsiones, rupturas y accidentes. A aquella la determina su continuidad, a éstas su discontinuidad. En suma, bien pudiera se esa "historia secreta" sea, a los ojos de los historiadores de las épocas que han de venir, la historia esencial, aunque en gran medida invisible, de un pueblo, de una nación o de la humanidad toda; y la historia visible ahora no sea sino el escenario local, el fondo cambiante y caprichoso de esa historia oculta y ecuménica; uno de los legados espirituales más trascendentales que nos han dado las generaciones pasadas y que en su momento nos tocará transmitir a las generaciones futuras. En esta perspectiva, resulta obvio que, junto a las historias del arte, de la justicia y de los ideales religiosos, la historia "secreta" de la ciencia en México merezca ser estudiada y valorada como un todo sin rupturas ni soluciones de continuidad, un todo permanente que ha actuado siempre sobre el agitado fondo de nuestra historia social y política.
Muchos son los ángulos de perspectiva propicios para acercarnos a tan atrayente y rica historia. Las interacciones entre las diversas ciencias enriquecen mucho los caminos de acceso al análisis histórico del desenvolvimiento de un disciplina científica que dé una visión integral del fenómeno. Las interrelaciones entre la evolución científica de un pueblo y los restantes fenómenos intelectuales, sociales, económicos o políticos también permiten añadir eslabones a la historia que aquí tratamos de esbozar. Nuestro intento es el de dar un cuadro de ese desenvolvimiento científico de nuestro país a efecto de incardinarlo al amplio movimiento del progreso científico universal. Desde el arribo de la ciencia europea en México del siglo XVI, su desarrollo ha sido incesante y ha estado dotado de una vitalidad peculiar que le da suficientes créditos como para poderse incorporar a ese vasto movimiento ya que, si bien nunca tuvimos astros de magnitud mayor, eso no es óbice para descontar las aportaciones originales de nuestros científicos en campos como la botánica, la zoología o la farmacoterapia. Por otro lado, no debemos olvidar que las grandes figuras de las ciencias son verdaderas excepciones. La gran mayoría de los hombres de ciencia del pasado y del presente son figuras que aportaron su pequeño grano de arena al gran edificio de la ciencia universal. Entre estas figuras bien pueden tener cabida los científicos mexicanos de épocas pasadas, Si sus logros ahora nos parecen superados recordemos que el cambio continuo es privativo de la ciencia; pocas de sus verdades duran lo suficiente como para considerarse perennes. Los paradigmas científicos son, tarde o temprano, sustituidos por explicaciones más aceptables de la realidad física[2].
A lo largo del proceso de la ciencia mexicana es posible detectar el crecimiento, desenvolvimiento y mutaciones que ha sufrido en las centurias que aquí nos ocupan, así como las condiciones en que dichos fenómenos de cambio y avance se dieron. La visión global de todas las ciencias indudablemente ayuda a captar la amplitud y la riqueza de esa historia. A esto viene a sumarse que en muchos casos las interrelaciones entre las diversas disciplinas sean tan profundas que se hace imposible intentar un deslinde razonable ya que hubieron de crecer juntas y se alimentaron recíprocamente. Ciencias como la botánica y la farmacoterapia, están inextricablemente unidas en los siglos XVI al XVIII. La geografía, la náutica, la cronometría, la astronomía y las matemáticas unieron inútilmente y durante varios siglos, sus esfuerzos para determinar la longitud en alta mar. Sólo considerando en conjunto la historia de la ciencia en México puede evaluarse el nivel científico alcanzado. Asó, la parcelación disciplinaria aplicada a la ciencia de los tres siglos coloniales minimiza y falsea en forma notoria el verdadero cuadro del avance científico integral de la Nueva España, lo que puede evitarse mostrando el espectro completo, no mutilado, de todas las ciencias entonces cultivadas. Lo mismo es perfectamente aplicable a la ciencia del periodo nacional. En resumen, a la historia "secreta" en México, a su historia de la ciencia, hay que estudiarla como un desenvolvimiento continuo e integral, cuya trama interna posee una coherencia lógica sorprendente que la distingue ciertamente de las demás historias, lo que no se opone a que esté indisolublemente unida a ellas. No incorporar a nuestra historia general la tenaz lucha de los hombres de ciencia mexicanos de épocas pasadas podrá ser en el futuro una omisión distorsionante.