20 July 2015

"Botín de guerra", de Joseph Brodsky. Del libro Del dolor y la razón (Siruela,2015)

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I
En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos: en el principio fue la guerra, la Segunda Guerra Mundial; el asedio de mi ciudad natal, Leningrado; la Gran Hambruna, que se llevó más vidas que todas las bombas, granadas y balas juntas. Y hacia el final del asedio, la carne enlatada procedente de América. Creo que la marca era Swift, pero puedo estar equivocado; tenía solo cuatro años cuando la probé por primera vez.
Debía de ser el primer bocado de carne que nos llevábamos a la boca desde hacía mucho tiempo. Pero su sabor resultaba menos memorable que las propias latas. Altas, cuadradas, con una llave para abrirlas adherida a uno de los lados, constituían el testimonio de otros principios mecánicos, incluso de una distinta sensibilidad. Aquella llave, que permitía abrir la lata tirando de una lengüeta, suponía toda una revelación para un chico ruso: nosotros sólo conocíamos los cuchillos. El nuestro era aún un país de clavos, martillos, tuercas y tornillos: en ello se sustentaba, y así iba a ser durante la mayor parte de nuestras vidas. Por este motivo nadie pudo explicarme entonces el método de precintado que usaban los fabricantes de aquellas latas. Ni siquiera hoy llego a comprenderlo del todo. Me quedaba mirando, con expresión de absoluta perplejidad, cómo mi madre despegaba la llave, enderezaba la pequeña lengüeta, la insertaba en el ojo de la llave y hacía girar esta última una y otra vez sobre su eje en el sentido de las agujas del reloj.
Mucho después de que su contenido se perdiera por las cloacas, estas latas altas, en cierto modo aerodinámicas en sus bordes (¡como pantallas de cine!), de color granate o marrón, con las etiquetas escritas con caracteres extranjeros, sobrevivían en las estanterías y alféizares de numerosas familias, en parte como objetos decorativos, en parte como útiles recipientes para lápices, destornilladores, rollos de película, clavos, etc. También se usaban a menudo como macetas.
Nunca más volvimos a ver aquel contenido gelatinoso ni unas formas como aquellas. Con el paso de los años el valor de las latas fue aumentando. En los intercambios de los escolares, al menos, constituían piezas de gran valor: a cambio de una de ellas podían conseguirse una bayoneta alemana, una hebilla de cinturón de marinero, una lente de aumento… Los cortantes bordes por donde se abría la lata fueron responsables de numerosas heridas en nuestros dedos. En tercer curso yo era el orgulloso propietario de dos de esas latas.
II
Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños. Aparte de haber sobrevivido a ella, conseguimos proveernos de un rico material con que dejar volar la imaginación o fantasear. A la habitual dosis infantil de Dumas y Julio Veme, se añadió, en nuestro caso, todo el equipo militar, siempre popular entre los muchachos; y muy especialmente en nuestro país, que resultó vencedor en la guerra.
Lo curioso es que para nosotros el material bélico más atractivo era el del otro bando, no el de nuestro victorioso Ejército Rojo. Teníamos siempre en los labios los nombres de los aviones alemanes –Junkers, Stukas, Messerschmidts, Focke-Wulfs–. Igual ocurría con los rifles automáticos Schmeisser, los tanques Tiger o los sucedáneos que comía la tropa. Los cañones eran fabricados por Krupp; las bombas, cortesía de I. G. Farben-Industrie. El oído de un chico es siempre sensible a un sonido desconocido o extraño. Y, por encima de cualquier sensación de peligro, era esta fascinación acústica la que, a mi juicio, atraía la atención de nuestras lenguas y cerebros. Pese a las buenas razones que teníamos para odiar a los alemanes, y pese a las constantes exhortaciones a tal fin por parte de la propaganda estatal, solíamos llamarlos Fritzes, más que fascistas hitlerianos. Aunque probablemente ello se debió a que tuvimos la suerte de conocerlos tan solo como prisioneros de guerra.
Igualmente, nos encantaba ir a contemplar el material militar alemán en los museos bélicos que aparecieron por doquier a finales de los años cuarenta. Constituían nuestra distracción favorita, muy por encima del circo o del cine; y especialmente si nos llevaban nuestros desmovilizados padres (por supuesto, en el caso de aquellos de nosotros que aún teníamos padres). Curiosamente, ellos solían mostrarse bastante reacios a llevarnos, aunque una vez allí respondían con todo detalle a nuestras preguntas sobre la potencia de fuego de tal o cual ametralladora, o sobre los tipos de explosivos utilizados para tal o cual bomba. La reticencia no se debía al deseo de ahorrar a tan tiernas almas los horrores bélicos, ni a sí mismos el recuerdo de sus amigos muertos y el sentimiento de culpabilidad por seguir vivos; lo que ocurría es que se daban cuenta de nuestra frívola curiosidad, y la desaprobaban.
III
Cada uno de ellos –de nuestros padres vivos, se entiende– conservaba, por supuesto, algún recuerdo de la guerra. Podían ser unos binoculares (¡Zeiss!) o la gorra de un oficial de submarino alemán con sus correspondientes insignias, un acordeón con incrustaciones de nácar o una pitillera de plata de ley, un gramófono o una cámara fotográfica. Cuando yo tenía diez años, mi padre apareció un día, para mi deleite, con un aparato de radio de onda corta, de marca Philips. Podía sintonizar emisoras de todo el mundo, desde Copenhague a Surabaya. Al menos eso es lo que indicaban los nombres que podían leerse en su esfera amarilla.
Esta radio, comparada con otras de la época, resultaba bastante manejable: era un aparato marrón de baquelita, de 25 x 35 centímetros, con la mencionada esfera amarilla y un ojo verde, felino e hipnotizante, que indicaba la calidad de la sintonización. Si no me engaña la memoria, disponía tan solo de seis lámparas, y medio metro de alambre le bastaba como antena. Pero ahí estaba el problema. Para la policía, una antena que asomara por una ventana resultaba inmediatamente sospechosa. Intentar acoplar la antena individual con la colectiva del edificio requería la intervención de un profesional, y podía ser que este prestara demasiada atención al aparato de radio: no había por qué tener radios extranjeras, así de sencillo. La solución solía consistir en una instalación en forma de red dentro de la habitación. Aunque así no había forma de sintonizar Radio Bratislava ni, mucho menos, Delhi. Pero yo tampoco sabía checo ni hindi. Y, de todos modos, los programas en ruso de la BBC, Voice of America o Radio Free Europe resultaban inaudibles por culpa de las interferencias. No obstante, podían sintonizarse emisiones en inglés, alemán, polaco, húngaro, francés y sueco. Yo no sabía ninguna de estas lenguas; pero podía disfrutar del programa Time for Jazz de Voice of America, ¡con la voz de barítono más maravillosa del mundo, la del locutor Willis Conover!
A este aparato Philips de color marrón, brillante como un zapato antiguo, le debo mis pinitos en inglés y el descubrimiento del panteón jazzístico. Cuando teníamos doce años, fueron desapareciendo de nuestros labios los nombres alemanes, sustituidos por los de Louis Armstrong, Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Clifford Brown, Sidney Bechet, Django Reinhardt y Charlie Parker. Recuerdo que también nuestros andares empezaron a modificarse: las articulaciones de nuestros muy inhibidos cuerpos rusos se movían al compás de aquel nuevo ritmo. Por lo visto yo no debía de ser el único de mi generación en darle un buen uso a medio metro de alambre.
A través de los seis agujeros simétricos de su parte trasera, en el brillo tenue y en el parpadeo de las lámparas, en aquel laberinto de conexiones, resistencias y cátodos, tan incomprensible como, las lenguas que transmitía, yo creía estar viendo Europa. Parecía una ciudad de noche; con sus luces de neón desparramadas. Cuando por fin, a mis treinta y dos años, llegué a conocer Viena, tuve enseguida la sensación de haber estado allí antes. Las primeras noches en Viena, cuando caía dormido, era como si una mano invisible allá lejos, en Rusia, me hubiera desconectado.
Se trataba de un aparato muy resistente. Un día mi padre lo tiró al suelo, en un ataque de ira tras sucesivos intentos fallidos de sintonizar una determinada frecuencia, y, aunque el bastidor se desprendió, el aparato siguió funcionando. Como no me atrevía a llevar la radio a un técnico profesional, arreglé lo mejor que pude aquella enorme brecha mediante pegamento y gomas. A partir de entonces la apariencia de la radio fue distinta, con aquellas dos voluminosas mitades más o menos conectadas. Su final llegó cuando las lámparas fallaron, aunque una o dos veces me las arreglé para localizar otras equivalentes haciendo correr la voz entre amigos y conocidos. Pero incluso cuando se convirtió en una caja muda, siguió en nuestra familia, mientras la familia existió. A finales de los años sesenta; todo el mundo compraba la radio letona Spidola, con su antena telescópica y todo tipo de transistores en su interior. No cabe duda de que la calidad de la recepción era mejor y que resultaba más manejable. Sin embargo, la vi una vez en un taller de reparación con su parte trasera separada. Para describir cómo era por dentro no se me ocurre nada mejor que compararla con un mapa: carreteras, vías férreas, ríos, afluentes. No se parecía a nada en concreto; ni siquiera se parecía a la ciudad de Riga.
IV
Pero el mayor botín de guerra eran, por supuesto, las películas. Había muchísimas, la mayoría procedente de la producción hollywoodense de preguerra, con nombres (que solo dos décadas más tarde llegué a conocer) como Errol Flynn, Olivia de Havilland, Tyrone Power y Johnny Weissmuller, entre otros. En su mayor parte trataban sobre piratas, Isabel I de Inglaterra, el cardenal Richelieu, etcétera. Es decir, nada que ver con la realidad; la más cercana a nuestra época era El puente de Waterloo, con Robert Taylor y Vivien Leigh. Y como nuestro gobierno no estaba dispuesto a pagar los derechos, se proyectaban sin títulos de crédito, y, por lo general, ni siquiera se mencionaba el reparto. La sesión solía empezar de la siguiente forma: la luz se iba apagando mientras en la pantalla, con letras blancas sobre fondo negro, aparecía un cartel que rezaba: ESTA PELÍCULA FUE CAPTURADA COMO TROFEO MILITAR EN EL CURSO DE LA GRAN GUERRA DE NUESTRA PATRIA; parpadeaba allí más o menos un minuto y, a continuación, empezaba la película. Una mano iluminaba con una vela un trozo de pergamino en el que, por ejemplo, se leía, escrito en cirílico, EL CAPITÁN BLOOD o ROBÍN DE LOS BOSQUES, seguido a veces de una nota explicativa sobre el espacio y el tiempo de la acción, también en cirílico pero a menudo con rasgos góticos. Puede que se tratase de un robo, pero a nosotros, los que formábamos el público, poco nos importaba. Estábamos demasiado absortos leyendo los subtítulos y siguiendo la acción.
Quizá fue una suerte. La falta de mención de quién interpretaba a quién en la pantalla confería a tales películas el anonimato del folclore así como un aire de universalidad, y llegaron a influirnos y cautivarnos más que las posteriores creaciones del neorrealismo y lanouvelle vague. Además, la ausencia de créditos las hacía abiertamente arquetípicas de su época, los comienzos de los años cincuenta: los últimos tiempos de Stalin. Me atrevería a decir que la serie sobre Tarzán contribuyó más a la desestalinización que todos los discursos de Krushov en el Vigésimo Congreso del Partido, y posteriores.
Habría que tener en cuenta nuestra situación geográfica y nuestros patrones de conducta pública y privada, tan reservados, rígidos, inhibidos y gélidos, para entender el impacto producido por la imagen de aquel hombre solitario, de larga melena y desnudo, que persigue a una rubia a través de la selva tropical, acompañado de un Sancho Panza en versión chimpancé y utilizando lianas como medio de transporte. Añádase la vista de Nueva York (en el último episodio de la serie que se pudo ver en Rusia), con Tarzán descolgándose del Brooklyn Bridge, y la disidencia de casi una generación entera acabará por hacerse comprensible.
Lo primero que se puso de moda fue, por supuesto, la melena. Todos nos la dejamos crecer a la vez. Y de inmediato le siguieron los pantalones estrechos. ¡Ah, cuántos esfuerzos, cuántos subterfugios nos costó convencer a nuestras madres o hermanas o tías para que convirtieran nuestros pantalones anchos, invariablemente negros, típicos de la posguerra, en ese otro modelo más ceñido, precursor del aún desconocido Levi’s! Pero nosotros nos mostrábamos inflexibles, tanto como nuestros detractores: profesores, policías, parientes, vecinos, que nos expulsaban del colegio, nos arrestaban por la calle y nos ridiculizaban, nos llamaban de todo. No es extraño que aún hoy muchos hombres de la generación de los años cincuenta y sesenta se desesperen al tener que comprarse un pantalón ancho: ¡una prenda tan ridículamente holgada, un verdadero desperdicio de tela!
V
Estas películas-trofeo encerraban, por supuesto, algo más crucial: su espíritu de “uno-contra-todos”, totalmente ajeno a la mentalidad comunitaria, colectivista, de la sociedad en la que crecimos. Quizá precisamente por hallarse tan alejados de nuestra realidad, aquellos Gavilanes del Mar y aquellos Zorros nos influyeron de un modo que nadie podía haber previsto: aunque se nos ofrecían como entretenidos cuentos de hadas, nosotros los recibíamos como parábolas sobre el individualismo; lo que un espectador normal consideraría un drama de época con decorado renacentista constituía para nosotros la prueba histórica de la primacía del individualismo.
Al mostrar a los seres humanos sobre el telón de fondo de la naturaleza, una película siempre encierra un valor documental. Y aún más un filme en blanco y negro, que en sí mismo sugiere una página impresa. Teniendo en cuenta lo cerrada, o, mejor aún, lo cerrada a cal y canto que era nuestra sociedad, el cine nos servía más de información que de distracción. ¡Con qué avidez nos fijábamos en los torreones y las murallas, las bóvedas y los fosos, las verjas y los aposentos que veíamos en las películas! ¡Y es que los veíamos por primera vez! Al tomar como real todo aquel decorado hollywoodense de cartón piedra, nuestra visión de Europa, de Occidente, o, si se quiere, de la Historia siempre debió mucho a estas imágenes. Hasta el punto de que, años después, algunos de los que fuimos víctimas de nuestro sistema penal solíamos mejorar nuestras raciones diarias narrando los argumentos de aquellas historias y detalles de aquel mundo occidental a los guardas y a los compañeros que nunca habían visto aquellas películas-trofeo.
VI
Entre aquellos trofeos a veces uno se encontraba con una verdadera obra maestra. Me acuerdo, por ejemplo, de Lady Hamilton, con Vivien Leigh y Laurence Olivier. Creo recordar también Luz de gas, con una muy joven Ingrid Bergman. El mercado negro estaba siempre al quite, y sin dificultad alguna podía uno comprarle a un sombrío individuo, en unos lavabos públicos o en el parque, una foto, tamaño postal, de un actor o de una actriz determinados. Una de Errol Flynn, con su traje de The Sea Hawk, constituía mi más preciada posesión, y durante años traté de imitar su forma de lanzar hacia delante la barbilla, así como el movimiento autónomo de su ceja izquierda. En esto último, fracasé.
Y antes de que el tañido de esta servil nota se extinga, permítanme mencionar aquí algo más, algo que comparto con Adolf Hitler: mi gran amor de juventud, cuyo nombre era Zarah Leander. Solo la vi una vez, en una película llamada Camino al cadalso (el título original era Das Herz einer Königin), sobre María, reina de Escocia. No recuerdo nada de esa película, salvo una escena en la que un joven paje posaba su cabeza en el esplendoroso regazo de la reina condenada. A mis ojos, se trataba de la mujer más hermosa que hubiera aparecido alguna vez en pantalla, y mis gustos y preferencias posteriores, por válidos que fuesen en sí mismos, no constituyeron sino desviaciones de aquel punto de referencia… En fin, entre las muchas justificaciones posibles de una raquítica y fallida carrera amorosa, esta mía no me parece de las peores.
Leander murió hace dos o tres años, creo, en Estocolmo. Un poco antes había aparecido un disco de grandes éxitos suyos, entre los cuales se encontraba una canción titulada Die Rose von Nowgorod. Constaba como compositor Rota, que no podía ser otro que Nino Rota. Musicalmente esta pieza supera con mucho el “Tema de Lara” de Doctor Zhivago; en cuanto a su letra… estaba por suerte en alemán, así que me daba igual. El timbre de la voz se asemeja al de Marlene Dietrich, pero su técnica es muy superior: Leander no recita, sino que canta realmente. Muchas veces he llegado a pensar que si los alemanes hubieran oído esta canción, no habrían tenido ganas de ir desfilando nach Osten. Si bien se piensa, ningún otro siglo como el nuestro ha producido tantas obras caracterizadas por su sentimentalismo, al que quizá debería prestarse más atención. Quizá el sentimentalismo debería verse como un medio de conocimiento, sobre todo dada la enorme imprecisión de nuestro siglo. Pues el sentimentalismo es carne de la carne (hermano menor, en realidad) de los grandes éxitos. Todos tenemos más razones para quedamos quietos que para ponernos a desfilar. ¿Y para qué ponernos a desfilar si ha de ser al ritmo de una tristísima canción?
VII
Supongo que mi generación constituyó el público más receptivo posible a la producción de las grandes fábricas de sueños de la preguerra y la posguerra. Algunos de nosotros nos convertimos, durante una época, en ávidos cinéfilos, pero por razones quizá algo diferentes a las de nuestros contemporáneos del bloque occidental. Para nosotros, las películas suponían la única posibilidad de contemplar Occidente. Despreocupándonos bastante del argumento, en cada escena intentábamos distinguir lo que se veía en una calle o en un apartamento, en el salpicadero del coche del protagonista, así como el tipo de indumentaria de las protagonistas, el sentido del espacio, la distribución del lugar. Algunos llegamos a ser lo bastante expertos para poder precisar el lugar en que se había rodado la película, hasta el punto de que algunas veces nos bastaban tres conjuntos arquitectónicos para distinguir Génova de Nápoles, o al menos París de Roma. Nos pertrechábamos con planos de ciudades y nos poníamos a discutir acaloradamente sobre dónde vivían Jeanne Moreau o Jean Marais en tal o cual película.
Pero todo eso, como ya dije, iba a ocurrir mucho después, a finales de los años sesenta. Nuestro interés por las películas, sin embargo, empezó a desvanecerse más tarde, en cuanto nos dimos cuenta de que los directores de cine iban teniendo nuestra misma edad y cada vez menos cosas que decirnos. Además en esa época éramos ya lectores consumados, suscriptores de la revista Foreign Literature, e íbamos al cine cada vez con menos entusiasmo, conscientes de que no valía la pena reconocer un lugar que no íbamos a visitar nunca. Todo eso, repito, iba a ocurrir mucho más tarde, ya en nuestra treintena.
VIII
Un día, cuando tenía quince o dieciséis años, estaba yo sentado en el patio de un gran bloque de apartamentos, introduciendo clavos en una caja de madera llena de todo tipo de instrumentos de análisis geológico que iban a ser transportados por mar al Lejano Este (soviético)… como iba a ocurrirme a mí años más tarde. Era a principios de mayo pero hacía mucho calor y me sentía mortalmente aburrido y sudoroso. De repente, de una de las ventanas abiertas del último piso me llegó la canción A-tisket, a-tasket, en la voz de Ella Fitzgerald.
Estábamos en 1955 o 1956, en una mugrienta zona industrial de las afueras de Leningrado, en Rusia. ¡Dios mío –recuerdo que pensé–, cuántos discos habrán tenido que editar para que uno de ellos haya llegado aquí, a este rincón perdido de ladrillo y cemento, entre sábanas y calzoncillos azules que más que secarse se llenan de hollín! En esto consiste el capitalismo, me dije: en vencer por exceso, por saturación. No con planificación central. Con metralla.
IX
Aquella canción yo ya la conocía, en parte gracias a mi radio, en parte porque en los años cincuenta todo joven urbano disponía de su propia colección de la llamada “música hueso”. Llamábamos “música hueso” a una copia casera de música de jazz dentro de una funda hecha con una radiografía. Ignoraba por completo el procedimiento de copia pero debía de resultar relativamente sencillo, pues el suministro era continuo y a un precio razonable.
Este objeto, de apariencia bastante morbosa (¡en la era nuclear!), se podía conseguir igual que aquellas fotos de color sepia de las estrellas del cine occidental: en los parques, en los lavabos públicos, en mercadillos y en los entonces famosos “salones de coctel”, donde uno podía sentarse en un taburete a tomarse un batido y tener la sensación de hallarse en Occidente.
Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que aquello era de verdad Occidente. Pues en la balanza de la verdad, la intensidad de la imaginación sirve de contrapeso a la realidad, y a veces pesa más que ella. En este sentido, y con la perspectiva del tiempo transcurrido, me atrevería a afirmar que los verdaderos occidentales, quizá los únicos, éramos nosotros. Con nuestro instinto para el individualismo, favorecido en todo momento por nuestra sociedad colectivista, con nuestro odio a cualquier forma de afiliación, ya fuera un partido, una asociación de vecinos o, en aquella época, la familia, éramos más norteamericanos que los propios norteamericanos. Y si América representa el límite externo de Occidente, allí donde acaba Occidente, nosotros nos hallábamos, debo decirlo, a unas dos mil millas de ese mundo. A mitad del Pacífico.
X
A comienzos de los años sesenta, cuando la insinuación, empezando por la del liguero, emprendía su lento éxodo del mundo; cuando cada vez más nos veíamos condenados, sin otra opción, al panty; cuando los extranjeros habían ya empezado a aterrizar de forma constante en Rusia, atraídos por su barato pero intenso perfume de esclavitud; y cuando un amigo mío, con una sonrisa ligeramente despectiva en sus labios, comentaba que la alteración de la geografía requería quizá la intervención de la historia, una chica con la que yo salía me regaló para mi cumpleaños una colección de fotografías, en forma de acordeón, con vistas de Venecia.
Pertenecían, me dijo, a su abuela, que había ido a Italia en su luna de miel, poco después de la Primera Guerra Mundial. Componían la colección doce postales de color sepia, en papel amarillento de mala calidad. Me las regaló porque en esa época yo andaba entusiasmado con dos libros de Henri de Regnier que acababa de leer; en ambos casos la historia transcurría en Venecia, durante el invierno; así que yo tenía siempre a Venecia en mis labios.
Por el color pardusco y la mala impresión de las postales, así como por las condiciones climáticas de Venecia y sus escasos árboles, no podía reconocerse la estación del año en que se habían tomado aquellas fotos. Las prendas de vestir no servían de gran ayuda, pues las personas de las fotos vestían falda larga, sombrero de fieltro, chistera, bombín, americana oscura: en suma, la moda de finales de siglo. La ausencia de color y la oscuridad general de la textura sugerían lo que yo quería que sugirieran: que era invierno, la estación más real del año.
En otras palabras, aquella textura y su consiguiente melancolía, tan parecidas a las de mi paisaje natal, hacían aquellas fotos más comprensibles, más reales. Era casi como leer cartas de parientes. Y yo las leía y las releía. Y cuanto más las leía, más claro resultaba que eso era lo que la palabra Occidente significaba para mí: una ciudad perfecta junto a un mar invernal, columnas, soportales, callejones estrechos, escalinatas de mármol frío, estucos que, como piel que se desprende, dejan a la vista la carne de su ladrillo rojo, putti, querubines con los globos de sus ojos cubiertos de polvo: la civilización, que se prepara para soportar el frío.
Y mirando estas postales me prometí que, si alguna vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los sesos. Una fantasía decadente, por supuesto… pero si a los veinte años uno no es decadente, ¿cuándo va a serlo? Sin embargo, les agradezco a las Parcas haberme permitido cumplir la mejor parte de aquella fantasía. La verdad es que la historia está contribuyendo lo suyo a alterar la geografía. La única manera de luchar contra ello es convertirse en un proscrito, en un nómada: una sombra que acaricia brevemente las delicadas columnatas, semejantes a encaje, reflejadas en el cristal del agua.
XI
Y luego fue también el Citroën 2CV que vi una vez aparcado en una calle vacía de mi ciudad natal, junto al pórtico con cariátides del Hermitage. Semejaba una mariposa ligera pero resistente, con sus alas plegadas de hierro ondulado, como los hangares de los aeródromos de la Segunda Guerra Mundial o las camionetas policiales de la actualidad.
Me quedé observándolo con atención, al margen de cualquier interés personal. Solo tenía veinte años, y ni conducía ni aspiraba a conducir. Para ser propietario de un coche en la Rusia de aquellos años había que ser un verdadero canalla, o el hijo de un canalla (unParteigenosse), un académico o un famoso atleta. Pero incluso en tal caso el coche sería de producción nacional, por mucho que su diseño y las técnicas de construcción hubieran sido copiadas de modelos extranjeros.
Allí estaba, ligero e indefenso, carente por completo de la amenaza asociada a menudo a los automóviles. Parecía más fácil que uno pudiera hacerle daño, que lo contrario. Nunca he visto un objeto de metal tan poco enfático como aquel. Resultaba más humano que algunos de los transeúntes y, en su imponente simplicidad, se asemejaba a las latas de carne de la Segunda Guerra Mundial que yo aún conservaba sobre el alféizar. No encerraba secreto alguno. Yo solo quería meterme en él, ponerlo en marcha (no porque quisiera emigrar sino porque meterse en él debía de ser como ponerse una chaqueta, o, mejor dicho, una gabardina) e ir a dar una vuelta. Con los salientes laterales de sus ventanillas, parecía el rostro de un miope con gafas que llevara alzado el cuello de la camisa. Si mi recuerdo no me engaña, lo que sentí allí, mirando fijamente aquel coche, fue felicidad.
XII
Creo que la primera expresión inglesa que aprendí fue “His Master’s Voice” (“La Voz de su Amo”), porque se empezaba a aprender idiomas en tercer curso, a los diez años, y mi padre volvió del frente en el Lejano Este cuando yo tenía ocho años. La guerra acabó para él en China, aunque los productos que se trajo consigo fueron sobre todo japoneses, más que chinos, porque al final fue Japón quien perdió. O así parecía al principio. El grueso de su botín lo componían discos. Iban metidos en álbumes de cartón muy abultados pero bastante elegantes, con letras doradas en caracteres japoneses; en ocasiones, la portada representaba a una doncella ligera de ropa, conducida a un baile por un caballero de esmoquin. Cada álbum contenía, por lo general, una docena de relucientes discos negros que le observaban a uno a través de sus abultadas fundas, con sus rótulos en rojo y oro, y negro y oro. Generalmente eran de la marca La Voz de su Amo y de la marca Columbia. Como esta última, aunque fácilmente pronunciable, no incluía dibujo alguno, el pensativo perrito de la otra tenía todas las de ganar. Y así fue, hasta el punto de que su presencia influyó en mi selección musical. A mis diez años, en efecto, me hallaba más familiarizado con Enrico Caruso y Tito Schipa que con el fox-trot o los tangos, también abundantes y por los que de hecho sentía predilección. Podían encontrarse también todo tipo de oberturas y grandes éxitos de música clásica bajo la batuta de Stokowski y Toscanini, el “Ave María” interpretado por Marian Anderson, las óperas Carmen Lohengrin completas, con repartos que ya he olvidado, aunque sí me acuerdo del entusiasmo que tales interpretaciones despertaban en mi madre. De hecho, estos álbumes contenían todo el alimento musical de preguerra de la clase media europea, que en nuestro país tenía quizá aún más sabor debido al retraso con que nos llegaban. Y nos lo traía ese pensativo perrito prácticamente en su boca. Tardé al menos una década en darme cuenta de que “La Voz de su Amo” significa lo que significa: que el perro escucha la voz de su propietario. Yo creía que lo que escuchaba era una grabación de su propio ladrido, pues confundía, no sé por qué, el amplificador del fonógrafo con un micrófono. Y como los perros suelen correr por delante de sus dueños, durante toda mi infancia esta marca significó para mí la voz de un perro que anunciaba la llegada de su amo. En cualquier caso, el perrito corrió por todo el mundo, pues mi padre encontró estos discos en Shangai después de la matanza realizada por el ejército de Chiang Kai-shek. Ni que decir tiene que llegaron hasta mí de la forma más inverosímil, y recuerdo que más de una vez me puse a imaginar un largo tren que, en vez de ruedas, llevaba negros discos relucientes de La Voz de su Amo y Columbia, rodando sobre una vía trazada con palabras como “Kuomitang”, “Chiang Kai-shek”, “Taiwan”, “Chu Teh”… ¿o eran las estaciones las que se llamaban así? El destino debía de ser nuestro gramófono de cuero marrón, con su manivela de acero cromado, accionada por este humilde servidor. En el respaldo de la silla cuelga la guerrera azul oscuro de mi padre, con sus charreteras doradas; en el perchero, el zorro plateado de mi madre, que muerde su propia cola; en el aire, Una furtiva lágrima.
XIII
O quizá sonaba “La Comparsita”, la gran pieza musical del siglo, en lo que a mí concierne. Al lado de este tango, ningún triunfo, ni patrio ni personal, tiene sentido. Aunque por mi timidez y mi notable torpeza nunca he aprendido a bailar, podía pasarme horas escuchando aquellos punteados y, si no había nadie a mi alrededor, ponerme a bailar. Como muchas piezas de música popular, “La Comparsita” es una endecha, y al final de aquella guerra un ritmo de endecha resultaba más adecuado que un boogie-woogie. No queríamos aceleración, suplicábamos mesura. Porque de algún modo intuíamos lo que nos esperaba. Atribúyase, pues, a nuestro latente erotismo que nos aferráramos tanto a cosas aún no perfeccionadas, a los parachoques barnizados de negro de los BMW y los Opel alemanes que sobrevivían, a los también resplandecientes Packards americanos y a los Studebakers, parecidos a osos, con el bizqueo de sus parabrisas y su doble rueda trasera, la solución de Detroit contra nuestro omnipresente barro. Un niño siempre intenta ir más allá de su época, y si no puede imaginarse defendiendo a su patria, pues los verdaderos defensores están por todas partes, las alas de la fantasía le pueden llevar al incoherente pasado extranjero y colocarle dentro de un gran Lincoln de color negro, con su salpicadero con adornos de porcelana, junto a una rubia platino, y caer a sus pies –de seda– en los cojines de charol. En realidad, habría bastado con un solo pie. A veces bastaba con tocar el liso parachoques…Tengan en cuenta quién les cuenta todo esto: uno de aquellos cuyo lugar de nacimiento quedó arrasado por el fuego en un bombardeo, gentileza de la Lutwaffe; uno de aquellos que probaron por primera vez el pan blanco cuando tenían ocho años (o, si les resulta más claro, la Coca-Cola a los treinta y dos). Así pues, atribúyase todo esto al ya mencionado erotismo latente y búsquese en las páginas amarillas dónde expiden certificados de estupidez.
XIV
Estaba también el maravilloso termo americano de color verde caqui, hecho de plástico ondulado, con un tubo de vidrio parecido a un espejo, que perteneció a mi tío y que yo rompí en 1951. Su interior producía una vertiginosa sensación óptica de infinito, y yo podía pasarme el día observando cómo el tubo se reflejaba en sí mismo. Así debió de ser como lo rompí: cayéndoseme al suelo sin querer mientras lo miraba. También estaba la linterna, no menos americana, de mi padre, traída igualmente de China. Aunque muy pronto se quedó sin pilas, la irreal limpidez de su lente, muy superior a la de mi ojo, me tuvo fascinado a lo largo de casi toda mi etapa escolar. Al final, cuando la herrumbre empezó a corroer su superficie y su botón, la desmonté y, con ayuda de un par de lentes de aumento, convertí su liso cilindro en un telescopio totalmente ciego. También estaba la brújula inglesa de campaña cuya esfera fosforescente se podía ver bajo una manta. Como los caracteres eran latinos, las indicaciones semejaban cifras, y yo tenía la sensación de que mi lectura de posición no solo resultaba precisa sino también irrefutable; y eso precisamente era quizá lo más desesperante. Y luego estaban las botas militares de invierno de mi padre, cuya procedencia (¿América? ¿China?, Alemania seguro que no) sería incapaz ahora de precisar. Eran unas botas enormes, de ante amarillo pálido, revestidas de lo que a mí me parecía astracán. Más que botas, semejaban dos cañones situados a uno de los lados de la gran cama de matrimonio. Sus cordones marrones nunca estaban atados, pues mi padre solo las usaba por casa, en vez de zapatillas; en la calle habrían llamado demasiado la atención, y con ellas también su propietario. Como la mayor parte de la vestimenta de la época, el calzado tenía que ser negro, gris oscuro (las botas) o, todo lo más, marrón. Supongo que hasta la década de 1920, incluso hasta la de 1930, Rusia estuvo bastante a la par con Occidente en cuanto a cachivaches y nivel técnico. Pero luego se hundió. Ni siquiera la guerra, al encontrarnos en un estado de subdesarrollo, pudo sacarnos de esta situación. Pese a su comodidad, aquellas botas amarillas de invierno constituían un anatema en nuestras calles. Por otro lado, esto hacía que duraran más, de modo que cuando crecí se convirtieron en motivo de contienda entre mi padre y yo. Treinta y cinco años después de la guerra aquellas botas nos seguían haciendo discutir sobre quién tenía derecho a usarlas. Al final ganó él, porque, cuando murió, yo me encontraba muy lejos de ellas.
XV
Nuestra bandera preferida era la del Reino Unido; nuestra marca de cigarrillos, Camel; y la de licores, Beefeater. Resulta evidente que nuestra elección venía dictada más por la forma que por el contenido. Sirva de descargo, no obstante, nuestra escasa familiaridad con tal contenido, porque nuestras circunstancias y nuestra suerte no nos daban mucha opción. Además, no constituíamos objetivo alguno para los británicos, ni por supuesto para la marca Camel. En cuanto a las botellas de ginebra Beefeater, un amigo mío comentó, al recibir una de un visitante extranjero, que quizá igual que a nosotros nos fascinan sus elaboradas etiquetas, a ellos les fascina que no haya ninguna en absoluto en nuestras botellas. Yo afirmé con la cabeza. Entonces él deslizó su mano bajo un montón de revistas y extrajo, creo recordar por su portada, un ejemplar de la revista Life. Se veía la cubierta de un portaaviones, en algún lugar del océano. En cubierta los marineros, con sus uniformes blancos, miraban hacia arriba, probablemente hacia el avión o helicóptero desde el que se estaba tomando la foto. Se hallaban en formación. Desde el aire la formación dibujaba la fórmula E=mc2. “Estupendo, ¿verdad?”, comentó mi amigo. “Ajá –respondí yo–. ¿Dónde han tomado la foto?”. “En algún lugar del Pacífico –contestó–. ¡Qué más da!”.
XVI
Apaguemos, pues, la luz, o cerremos fuertemente los ojos. ¿Qué vemos? Un portaaviones americano en mitad del Pacífico. Y ahí estoy yo, en cubierta, saludando. O al volante del 2CV, conduciendo. O en la “cesta verde y amarilla” de la canción A-tisket, a-tasket de Ella Fitzgerald, etcétera. Pues un hombre es lo que ama. Por eso lo ama: porque él forma parte de ello. Y no solo un hombre. Ocurre lo mismo con las cosas. Recuerdo el bramido que se oyó en la lavandería automática de origen americano, importada de no sé dónde y recién inaugurada en Leningrado, cuando introduje mis primeros tejanos en una de las máquinas. En aquel bramido se percibía la alegría del reconocimiento; toda la cola lo percibía. Así que cerremos los ojos y admitámoslo: en el mundo occidental, en la civilización, reconocíamos algo propio; quizá más que en lo de nuestro país. Y además íbamos a tener que pagar por esa sensación. Y un precio muy alto: el resto de nuestra vida. Que no es poco, admitámoslo. Pero pagar menos sería pura prostitución. Y además, en aquellos tiempos, el resto de nuestra vida era cuanto poseíamos.

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Traducción del inglés de Antoni Martí García.
Joseph Brodsky 
Nacido en Leningrado (hoy San Petersburgo) en 1940 y exiliado de la ex Unión Soviética en 1972, el poeta y ensayista recibió en 1987 el Premio Nobel de Literatura. Murió en Nueva York en 1996 y está enterrado en el cementerio de San Michele de Venecia.

Fuente: Nexos