26 July 2015

Crítica de Comic. Sobre el comic ´Valentina` de Guido Crepax, por Álvaro Pons

 seguir el enlace


La rebeldía cultural nacida al amparo de los cambios sociales que vivió Europa en la década de los sesenta tuvo en el cómic una de sus principales expresiones. Las heroínas creadas por Forest o Pellaert en las publicaciones de Losfeld rompían los esquemas preconcebidos para un medio considerado fundamentalmente un entretenimiento infantil y juvenil, dirigiéndose hacia un público adulto desde una conciencia autoral reivindicativa de la creatividad, reescribiendo los géneros clásicos desde el erotismo y el claro compromiso político. El cómic de autor tomaba forma en una extensión desconocida, que escapaba de las limitaciones formales de las revistas o los álbumes para brindar un abanico increíble de nuevas posibilidades. Sin embargo, pese a la importancia y popularidad de Barbarella, Epoxy, Pravda o Jodelle, correspondería al italiano Guido Crepax el verdadero mérito de aportar un enunciado completo de los fundamentos de este renovado noveno arte con su míticaValentina. Frente a la feminización de los arquetipos heroicos clásicos y la hipoteca inconsciente con los cánones génericos establecidos que mostraban sus compañeras francesas, la propuesta de Crepax optaba por acercarse a los modelos intelectuales reinantes en la época tanto en el cine como en la literatura, desde Ionesco a Antonelli, en una sorprendente evolución interior de unos personajes nacidos como reflejo inercial del mainstream americano. Originalmente, la creación de Crepax no era más que uno de los muchos clones nacidos a mediados de los sesenta tras la estela del éxito de los famosos superhéroes americanos: Philip Rembrandt, crítico de arte, era en realidad el poderoso Neutrón, capaz de detener el tiempo a su antojo para enfrentarse contra los villanos de turno. Sin embargo, la atrevida fotógrafa Valentina fue apoderándose de la serie en una progresión tan rápida como sorprendente, no desde la clásica emancipación tolerada de la heroína femenina, sino desde el propio cambio completo de la línea argumental de la serie. En muy pocos episodios, Valentina no sólo sería la protagonista, sino que sería también el leitmotiv de la serie, abandonando el terreno de la aventura para entrar en un campo de onirismo desatado donde lo erótico y la sexualidad de la protagonista toman forma como elemento de reflexión. Más allá del uso del sexo como herramienta de categorización automática hacia un lector adulto elegido por las heroínas impulsadas por Losfeld, profundamente masculina en su base, Crepax propone una lectura del erotismo desde su vertiente de parte indisoluble de la personalidad humana, posiblemente más felliniana que freudiana (como correspondería a una creación de los años sesenta), pero también con una decidida voluntad de alejarlo del tópico del objeto sexual. Philip Rembrandt y Valentina Roselli serán una pareja con una vida intelectual y sexualmente rica, que vive sus propias fantasías sexuales hasta el punto de transcender los límites de la realidad y ensoñación de forma continuada. Los armarios y espejos de las historias de Valentina esconden también mundos de fantasía al modo de los de C. S. Lewis o Lewis Carroll, pero transmutados en perversas quimeras de la sociedad de su época. La bruja blanca se reencarna en la terrible Baba-Yaga, los seres de leyenda en inquietantes criaturas más próximas a la imaginación de Sade o los perturbadores collages de Max Ernst. El ciclo se completa y los referentes del tebeo infantil son reimaginados en términos adultos, los mundos del niño han crecido inevitablemente y ahora abrazan a Henry James, Sade, Bataille, Pasolini o Buñuel, pero sin olvidar mirar a la actualidad sociopolítica de su época, dotando a la estructura onírica de su necesario anclaje en la realidad. Unos cambios que obligaban al autor a replantear la narrativa gráfica: frente a la tradición secuencial francobelga que toma la viñeta como elemento de referencia, Crepax opta por la más moderna americana de componer la página en su totalidad, pero obviando su habitual dinámica de recorrido visual de base cinematográfica para experimentar con el montaje analítico, aprovechando la disposición espacial para innovar en el tempo de la narrativa. Pequeñas viñetas que fijan su atención en elementos nimios, en detalles apenas esbozados de una composición tan fragmentaria como sincopada que contrastarán con una estética de líneas sinuosas, de cuerpos alargados que recuerdan la elegancia de Modigliani o Klimt con un trazo de línea orgánico que deja las formas femeninas siempre inconclusas para acentuar una sensualidad de apariencia evidente pero que realmente juega la carta de la insinuación.

Valentina sólo permite su clasificación en la categoría de obras maestras de la historieta, clave para entender la evolución y desarrollo del medio y, también, la actual época de pujanza que vive el cómic de autor en todas sus formas y presencias, desde el mainstream a la novela gráfica.

Norma Editorial ha publicado hasta el momento tres de los cuatro volúmenes previstos que recuperan, por fin, la obra de Crepax en una cuidada edición integral organizada según la cronología interna de las historias.