14 August 2015

Entrevista. "Lautaro Núñez: El intérprete del desierto". Por Vicente Parrini

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Fecha original de la publicación: 13.08.2015

Mientras muchos ven en el desierto de Atacama un espacio vacío y solo, el arqueólogo y Premio Nacional de Historia, ve un territorio vivo y lee, en las piedras y los fragmentos de la tierra agrietada, las epopeyas pasadas de quienes tuvieron por hogar el espacio más árido del planeta. Estudioso de los primeros poblamientos del desierto, dice que esos pioneros tuvieron “una buena dosis de locura enamorada, ejercida por la atracción de ese luminoso paisaje”.

Lautaro Núñez (77) es un hombre de terreno a quien, buena parte de lo que sabe, se lo ha enseñado la tierra, o mejor dicho lo que la tierra esconde: los frutos de sus excavaciones en asentamientos del pasado en el desierto de Atacama, largas veladas con etnógrafos, antropólogos, geólogos, historiadores, geógrafos, bioantropólogos, arqueólogos, expertos en carbono 14 y personalidades étnicas con los que ha buscado entender y desentrañar lo que tanto lo apasiona: cómo esos habitantes prehistóricos, esos cazadores recolectores, se radicaron y lograron domesticar el desierto más árido del mundo.

“He tratado de entender por qué nuestros ancestros se quedaron en el desierto y qué acciones compartidas, dramáticas y esencialmente fundacionales, permitieron multiplicar la vida en ese lugar que, aún hoy, es percibido como un espacio aparentemente vacío e inhóspito. Y he llegado a la conclusión de que para vivir y permanecer en el desierto se requiere de una buena dosis de cuerda locura”, dice Lautaro Núñez.

Precursor de la arqueología científica en el norte de Chile, nació en Iquique y desciende de una familia peruana. Estudió Historia en la Universidad de Chile y se doctoró en Antropología en la Universidad de Tokio. Amigo del padre Le Paige y profesor de la Universidad del Norte, dirigió el Museo de San Pedro de Atacama y en 2002 ganó el Premio Nacional de Historia, entre otros méritos, por haberle dado visibilidad a la historia del norte chileno.

A pesar de que tiene por costumbre moverse entre San Pedro de Atacama y Tokio, entre Perú, París y el valle de Tulán, entre la postmodernidad globalizada y el pasado de nuestros pueblos originarios, esta vez hace un alto en sus excavaciones nortinas y, de paso por Santiago, se sienta en un bar de Ñuñoa a compartir un bajativo y explayarse sobre algunos temas que lo apasionan: el patrimonio humano y material de Chile, la profunda identidad diversa y mestiza chilena y la forma en que renegamos de nuestra historia milenaria prehispánica.

¿Qué es para ti, Lautaro, el desierto y qué cosas lees en él cuando estás en terreno?

Bueno, el desierto es un espacio muy particular para los hombres y mujeres por su vastedad y su inmensidad solitaria, que requiere del acompañamiento de los humanos. Eso explica, de alguna manera, que en todos los desiertos del mundo hayan surgido idearios religiosos y sociales muy intensos. Esa sensación de soledad y de estar en lugares donde uno puede ser testigo de que la tierra es redonda de verdad, permite que se pueda desde el silencio de la soledad percibir el mundo en toda su complejidad. No es un espacio vacío como cree la gente: el desierto está lleno de vida, de voces y de obras muertas y vivas, pleno de estímulos y desafíos que transforman la soledad en un coloquio muy intenso con el entorno y con uno mismo. En el desierto nadie está solo.

Lo de la travesía del desierto no es solo una metáfora…

El desierto siempre ha estado ahí, no ha cambiado. Los que hemos cambiado somos nosotros. Siempre se ha tratado de domesticar desde los más profundos afectos a esta tierra aparentemente salvaje y, por eso, todos los pioneros que entraron al desierto tuvieron una cuota de locura enamorada, ejercida por la atracción luminosa de este paisaje. Hay un caso notable de un minero español, avecindado en Antofagasta, a fines del siglo XIX, cuando se estaba descubriendo el salitre. No tenía piernas ni brazos y todo su grupo de mineros de apoyo lo montaba sobre la mula y lo hacían subir hasta las vetas, donde él decía si eran valiosas o no para explotarlas. Cuando encontraba las vetas lo celebraba en los bares de Antofagasta, donde lo sentaban sobre la barra y le daban de beber. Hasta el día de hoy, los que se atreven a domesticar el desierto, desde los Andes hasta el mar, llevan en ellos una reserva de exaltación para mantener un amorío con el desierto y multiplicar la vida.

¿Cómo se relaciona esta locura con la épica de la historia de los pobladores del desierto?

La épica surge sobre la siguiente pregunta: ¿cómo fue posible que la sociedad, en el norte del país, pudiera ocupar por vez primera, un espacio del desierto absoluto? El mundo indígena lo hizo en la costa, en los oasis, en el altiplano. Pero posteriormente, los pioneros del siglo XIX se instalaron en el desierto total donde no había nada de nada, salvo el salitre. Llegamos a tener 300 salitreras trabajando; Iquique llegó a ser el tercer puerto más importante y más moderno de Sudamérica. A pesar de que la vida era administrada y controlada por la oligarquía salitrera, los que allí vivieron señalan que el mundo minero que dejaron fue el mejor mundo que tuvieron.

¿Qué huellas hay hoy de esa “cuerda locura” de la que hablas que siempre han tenido los habitantes del desierto?

Aquellos que están pensando en cómo transformar las camanchacas y las nieblas en agua potable, o que es posible perforar hasta el fondo de los volcanes y sacar su energía para transformarla en electricidad. Esos científicos que piensan hoy en levantar el agua de mar hacia la cordillera de la costa y luego soltarla hacia abajo para generar energía eléctrica. O cuando los geólogos perforan la tierra sin minerales visibles y descubren en profundidad esos huevos gigantescos de minerales de cobre. Cuando se cultivan los bosques sin ríos y lluvias con las raíces insertas en las aguas subterráneas.
Eso es locura creativa para un desierto que se deja domesticar.

Los arqueólogos también tienen su dosis de locura cuando se internan en el desierto a excavarlo, a estudiarlo. 

En mis primeros años, en la década de los 60, las salidas a terreno eran precarias, sobre camiones locales, luego con un jeep muy viejo no apto para aficionados a la mecánica. Recién recibimos un jeep nuevo cuando el hijo del rector de la Universidad de Chile, Eugenio González, nos sorprendió llegando al oasis de Pica sobre un camión frutero. En esos tiempos no se conocían las carpas térmicas ni los sacos de dormir y les rendíamos un verdadero culto a los tarros de salmón. No existían tampoco los fondos centralizados como los Fondecyt de hoy. Pero lo que teníamos a la vista era una arqueología tan fascinante e inédita que se nos quitaba el frío, el hambre, las ganas de volver a las ciudades, al punto de que perdíamos la percepción del paso del tiempo. Si no había alguna ducha intermedia llegábamos casi como vagabundos, después de meses, a nuestros hogares. Hoy tenemos proyectos concursados en Fondecyt y apoyo de nuestras universidades que hacen de las salidas a terreno un trabajo un poco más cómodo. Lo que no ha cambiado es que los datos provienen de nuestras manos: las excavaciones científicas y la misma pasión de antes entre quienes investigamos qué ha pasado en nuestro desierto.

Y a tus 77 años, ¿sigues practicando esa vida casi nómada?

Vivo y trabajo como en tiempos antiguos cuando se practicaba la trashumancia para articular los recursos de la diversidad ecológica del desierto. Un tiempo en mi cabaña de San Pedro de Atacama, otro en las querencias de las quebradas y oasis de Tarapacá y Atacama –Peine-Tulán–, también en el litoral de Iquique y Antofagasta. Y también en la casa de mi nieta en Santiago.

A propósito del desierto, el rally Dakar ha sido cuestionado por dañar sitios arqueológicos en el norte y este año fue suspendido solo por los aluviones.

Cuando una persona muy modesta en el desierto abre un pozo de agua y destruye un sitio arqueológico, es detenida por Carabineros porque está violando la ley. Entonces: ¿por qué la ley no hizo nada por los más de 200 sitios arqueológicos destruidos por el Dakar? El último daño se lo provocaron a caminos que cruzan el desierto desde tiempos prehispánicos hasta tiempos del salitre y que representan la mayor prueba de cómo la sociedad logró vencer al desierto, atravesándolo de lado a lado. Son tan importantes como una ruina romana. El desierto está lleno de vida y cuando arañamos su piel queda una cicatriz y cada vehículo del Dakar que pasa deja una cicatriz.

Uno de tus temas prioritarios en estos días es la defensa de nuestro patrimonio. ¿Qué entiendes tú por patrimonio?

Patrimonio no son solo los palacios restaurados, sino también el patrimonio humano inmaterial: hay un patrimonio cultural de los pobres, de las clases medias. El patrimonio son también los restos arqueológicos prehispánicos, los industriales, aquellos derivados de la colonia, los vestigios náuticos, los testimonios intangibles que tienen que ver con las tradiciones, las leyendas y los bailes populares. El patrimonio popular religioso. No son solo las grandes obras del pasado, sino también el pequeño artesano, el tesoro vivo de la humanidad que está haciendo por herencia, por tradición, algo que es irrepetible. La gran arquitectura es tan importante como el patrimonio de los conventillos urbanos, las ruinas de las oficinas salitreras, las herencias culturales que representan a nuestros pueblos originarios y, entre todo esto, también el Palacio Pereira de la capital.

“En mis primeros años, las salidas a terreno eran precarias: sin carpas térmicas ni sacos de dormir. Pero lo que teníamos a la vista era una arqueología tan fascinante que se nos quitaba el frío y el hambre”, dice Núñez que en la foto aparece en el desierto con alumnos atacameños.

LOS 13 MIL AÑOS DE CHILE

Eres nieto de peruanos. ¿Qué tiene que aprender Chile de Perú, en especial cuando nos sale ese nacionalismo de sentirnos superiores por haber ganado una guerra?

Perú es un país impresionante que va desde la selva amazónica hacia el Pacífico y tiene todos los paisajes del mundo y distintos componentes étnicos y culturales muy arraigados. Cuando uno viene desde la selva y pasa por Machu Picchu, dice, pero ¡por Dios!, esto yo no lo tengo en Chile. Los peruanos del pasado y presente han domesticado un país apto para pioneros y gente con capacidad de articular con delicadeza y compromiso territorial todos los espacios desde la selva hasta la costa. Veamos qué es lo que debemos aprender del Perú: el respeto por las tradiciones, el ordenamiento de sus ciudades, la altísima valoración de su pasado y la fuerza por armonizar los avances de la ciencia con cultura, arte y patrimonio.

¿Cómo has mirado la demanda boliviana contra Chile en La Haya?

Si los pueblos del Perú, Bolivia y Chile, a través de sus representantes, lograran definir una nueva noción de soberanía compartida en una triple frontera, podríamos crear en conjunto un polo de desarrollo excepcional económico, socio-cultural, científico y patrimonial. Allí perderían todos los hipernacionalistas de los tres países y ganaríamos más los que creemos en fronteras integrativas, borrando esa imagen obsoleta de vencedores y vencidos.

En las investigaciones que has realizado, se puede concluir que Chile es un país mucho más antiguo de lo que creemos.

La fundación de este país ocurre 12 a 13 mil años atrás cuando había cazadores muy inteligentes, que podían abatir mastodontes y usar herramientas sofisticadas. Esos cazadores decidieron algo increíble al decir: “esta es nuestra casa, esta es nuestra morada y no vamos a caminar más, se nos acabó el mundo, nos quedamos aquí”. Durante esos miles de años los indígenas antecesores de los pueblos originarios amansaron esta tierra, poco a poco. Entonces, cuando llegan los españoles, en el siglo XVI, se encuentran con una sociedad a la que entendieron como bárbara y nunca admitieron que se cruzaron con las mujeres indígenas con una belleza diferente a aquellas que dejaron en Europa. Todo lo que comieron venía de la cocina indígena. Lo que sucede es que un vencedor nunca reconoce ni escribe sobre los logros de los pueblos vencidos. Debemos tener cuidado con los 200 años de República chilena, ya que todos tienen su espacio en esta historia: los pueblos prehispánicos, los antiguos y recientes originarios, los afrodescendientes, españoles, criollos, inmigrantes, las elites recientes y la fuerza creadora del proletariado, campesinado y las clases medias emergentes.

Has afirmado en tus escritos que en Chile hay una altísima diversidad indígena.

Las nuevas investigaciones de ADN están probando que la gran mayoría de nosotros los chilenos tenemos sangre indígena y afrodescendiente. La gente no entiende que durante el siglo XVI había muy pocas mujeres españolas y que, por supuesto, los guerreros españoles no practicaban el celibato y lo hicieron con nuestras mujeres indígenas en todo el territorio. Por eso es que este es un país mayormente mestizo, entonces, dejemos de contarnos cuentos: no somos distintos al resto de Latinoamérica. Lo que ocurre es que nuestra elite es criolla y europea y el poder económico urbano, consideró que los indígenas y la plebe que se incorporaba a las ciudades, se debían invisibilizar. Con la modernidad del siglo XIX esta sociedad subalterna era considerada bárbara e incivilizada. No tenía lugar en la construcción de la historia patria y el lema era “integración o barbarie”.

En este sentido, la mayoría de los historiadores en Chile analizan nuestra historia con los parámetros europeos, que buscaron sus orígenes en Grecia y Roma.

Hay historiadores muy conservadores que efectivamente creen en un montaje que hicieron los historiadores europeos para tener una historia blanca y civilizada, y que buscaron sus orígenes en Grecia y Roma. Por ejemplo, el islam con toda su influencia en España, fue visto como un mundo bárbaro no digno de Europa. Acá sucedió algo muy parecido. Este es un país que quiso verse hecho por los españoles, por los criollos, por los inmigrantes europeos, en donde la sociedad subalterna con diversos orígenes venía a manchar la “blancura” de las elites dominantes. Hasta que surge una nueva generación de historiadores y arqueólogos chilenos que han logrado, desde visiones interdisciplinarias, incluir a las sociedades subalternas en una larga y compleja historia social en un país que les había negado su espacio participativo. Por fin nos estamos dando cuenta de que este es un país construido por todos.

Mientras estudiabas Historia en el ex Pedagógico, ¿predominaba esa visión?

Recuerdo que cuando era estudiante tenía que leer algunos textos de Barros Arana, donde decía que la civilización llegó a Chile con los incas. Hoy sabemos que la civilización estaba en Chile un par de milenios antes de los incas. A nadie se le ocurrió pensar “qué tremenda epopeya del mundo indígena de Chile, la de haber ocupado el fin del mundo”. Y cuánto esfuerzo para poder domesticar el fin del mundo: si no es por el estrecho de Magallanes, habríamos seguido más al sur. Todos los estudiosos del siglo XIX pregonaron “barbarie o civilización” y, por supuesto, colocaron al mundo indígena en la barbarie, a tal punto que la campaña militar sobre el mundo mapuche fue para “civilizar” el territorio. Ahora estamos conociendo las consecuencias de invisibilizar los valores del mundo indígena y subalterno desde el pasado al presente.

En tus publicaciones afirmas que los volcanes majestuosos eran sagrados para los antiguos. ¿Cómo lees bajo esa óptica las erupciones de los volcanes que hemos tenido este año?

Los chilenos todavía no podemos entender que vivimos en el borde del mundo, que si la cordillera se enoja un poquito nos caemos todos al mar; no entendemos que somos el país más peligroso del planeta, desde el punto de vista de la naturaleza. Cuando no es un tsunami, es un terremoto, cuando no, son los aluviones de agua y barro que producen muchísimas muertes y, si no, son los volcanes. Si fuera místico, diría que los volcanes están dormidos cuando ven que vivimos en paz, pero despiertan cuando la sociedad está desesperada. Sé que lo que estoy diciendo es casi una fantasía no apta para mis amigos geólogos, pero es una metáfora que sirve para señalar: “aprendamos a construir un buen país estable sicológica, cultural, política, física y territorialmente, porque esto de vivir en el fin del mundo nunca ha sido fácil para nadie”.

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Fuente: Paula 1180, Especial Aniversario. Sábado 15 de agosto de 2015.