11 November 2015

Relato. "Viajes por el jarín espectral de Aparicio Albino", por Claudio Romo Torres

 cLAUDIO rOMO tORRES

Hace un tiempo llegó a los bosques de mi jardín un enorme autómata.  

Se aproximó lentamente, al parecer su fuente de energía se agotaba. Y una tarde justo antes de dormir me señaló que junto a otros autómatas de su especie, luchó en los ejércitos de Suleiman el Magnífico como parte del Gran Batallón de Jenízaros. Y en la lucha, sus cuatro alfanjes probaron la oscura sangre de enormes ejércitos y valientes enemigos. No una, sino varias fueron sus batallas: entre otras –dijo- participó de la toma de la amurallada Rodas, de la blanca Belgrado y del fiero Bagdad; en batalla cantaba alabanzas a Ala el Uno, el Misericordioso, mientras miles de flechas picoteaban como vanas avispas su vasta armadura. Era feliz, agregó, pero… Al pasar el tiempo le pesó la violencia (o más bien sus instrumentos), especialmente la instaurada por las armas de fuego, que aumentaban ostensiblemente el volumen de las víctimas inocentes. Entonces renunció. Abandonó la vida militar y las masacres que conoció a través de ella. No tuvo la aquiescencia del Sultán por lo que fue un paria, un desertor.

Así vagó en el ancho mundo hasta que, de forma casual conoció el jardín -el mío-y pudo por fin descansar.

Hoy su cuerpo es habitado por una vasta cantidad de pájaros que anidan, cantan y se multiplican en él.  

El mismo, en los ocasos canta las suras del Corán. Aunque no todas: solo aquellas que exaltan la infinita misericordia de Dios.

Ilustración de Claudio Romo Torres